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Discursos: Noveno aniversario de La Catarina

Queridos lectores, una de las cosas que más me apasionan, es el valor de las palabras. Soy del tipo de personas que se encienden al escuchar lo que los líderes tienen que decir, el aliento que pueden dar antes de la gran batalla, las oraciones que concluyen una larga guerra. Es por eso que trataré de postear aquellos discursos que alguna vez me hicieron llorar, pelear o mejorar. Inauguro este primer post, de la temática antes mencionada, con el discurso que tuve el honor de dar el miércoles 11 de marzo del 2009 ante autoridades y colaboradores del periódico universitario donde llegué ser editor:

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En el momento en que tuve la oportunidad de ser elegido como editor sabía que, si todo lo que sucediese a partir de ese momento sucediera como sucedió, llegaría el día, como lo es hoy, en que me tuviera que poner de pie frente a personas que en su momento no imaginé. Me refiero a ti, a ti, a todos ustedes compañeros de armas, de pluma, de computadora y de diseño; de autoridad y de festejo. Me refiero a todos los que en este día me acompañan, que acompañan a La Catarina, que nos hacen compañía. Me refiero a los presentes y a los no presentes; a los que luchan, a los que no conozco y a los que aún no he llegado a conocer.

                Estoy aquí frente a ustedes y realmente no sé qué decir, tengo que dar unas palabras pero, más que palabras, es un discurso el que he llegado a preparar. Es decir, mi vida se desarrollo bajo la admiración de ídolos personales: algunos buenos, otros totalmente deplorables; unos reales y otros ficticios nacidos de una imaginación ajena. Pero no eran las personas quienes recibían realmente esa admiración, la recibían sus actos, sus acciones y, por encima de todo lo demás, sus palabras. Esas palabras que, convertidas en discursos de paz o de guerra, de amor o de odio, de verdad o de mentira;  brindaban esperanza, amor, calidez, victoria o a veces todo lo contrario a los valores mencionados.

                Crecí bajo el fuego cruzado de mensajes de odio, opresión y totalitarismo, contrastados con palabras esperanzantes, llenas de amor y libertad. Y es ahora que me doy cuenta de que un discurso no es algo que se planea o se escribe algunas horas, días o incluso semanas antes del momento en que uno se pone de pie y se dirige a sus amigos, compañeros, colegas y autoridades.

                Pero, ¿Qué decir en este breve discurso con el que ahora me dirijo a ustedes? Muchas cosas están dichas y grandes ideas han quedado ya plasmadas en editoriales, notas y columnas. ¿Qué es lo que vale la pena mencionar en este día que bien podríamos tomar como un miércoles cualquiera? Recordando que un domingo cualquiera puede llevar el partido de nuestras vidas. ¿Qué es lo que se vale decir, qué es lo que no se vale decir? Atacar, defender o permanecer neutrales ante el mundo que nos rodea.

                Aún no lo sé, sin embargo, sí sé lo que quiero decir y por lo que doy gracias. Quiero decirles que La Catarina nunca ha estado más viva, que nunca ha tenido tantos colaboradores como los que tiene hoy en día, que los esfuerzos que todos y cada uno de los que nos hemos encontrado trabajando por ella poco a poco valen la pena.

                Pero creo que hablar del trabajo que se ha realizado simplemente sonaría a presunción y detalles adornados por juicios de valor. El impreso de cada semana demuestra la dedicación de los muchachos y creo que es mejor cada semana. Esta semana no es la excepción, y cada vez me siento más orgulloso de quienes han dejado de lado tantas cosas con tal de hacer una última revisión, un último cambio, una última corrección.

                Se han dejado de lado los juicios y se ha reafirmado una libertad de expresión y de prensa que se mantienen neutrales ante el lector. La historia ya es conocida, y aquellos que no la conocen tienen la oportunidad de saberla a través del número que conmemora la fecha en que el periódico vio la luz por primera vez. Como lo he dicho, mucho de lo que podría seguir diciendo, se ha dicho ya.

                Ahora bien, puedo decirles porqué doy las gracias este día. Doy las gracias por haber tenido la oportunidad de trabajar en el primer y más grande periódico universitario del país; doy gracias por haber sido parte de la etapa más difícil y criticada en la vida del pequeño insecto; doy gracias por las jornadas de diseño, las de armado y las de repartición. Y principalmente, doy gracias porque La Catarina me dio la oportunidad de trabajar y conocer grandes personas, grandes amigos, grandes hermanos.

                Es el consejo editorial, siempre cambiante, siempre unido; el que merece el honor que se ha ganado. No me puedo quejar de absolutamente nada, Dios no pudo poner en mi camino a personas más geniales: Elias, que con sus psicoanálisis de cada semana y su ejército de monos, supo poner siempre en jaque hasta al más anarquista de los editores y asesores; Juan Pablo, que en su porte eclesiástico llevó siempre el conocimiento a través de los milenios; Adriana, (Adriana, Adriana) me desesperó tanto y sin embargo no hubo un día en que no se preocupara por el más mínimo detalle de su sección; Marcela, una mujer que llegó por obra de un águila devora serpientes y que nunca se quedó callada; Naty, una dama con gran furia contenida y desesperación inesperada; Arturo, siendo el más nuevo, se convirtió una adición que con amabilidad eterna bien se recibió; Alexis, sin ella no sabríamos el significado de la palabra alimento y es así como siempre la recordaremos; Ari, la diseñadora que nunca tuvo reparo en babosear a los demás; Angie, cuál perico siempre en la parte más alta de las sillas y los bancos, no ha dejado nunca de lado unos estatutos que parecieran nunca ser firmados; Osvaldo, el más callado del grupo, líder de un trío de ingenieros sedientos de tecnología y bebidas embriagantes por igual; René, un viejo conocido que nos llegó a brindar esta oportunidad sin igual; y por último Jorge Cuautle, ¿Qué puedo decir? Gracias Cuautle.

                Como consejo editorial, como equipo nos hemos sabido mantener y apoyar, las riñas internas pudieron ser muchas y, sin embargo, nunca obstruyo ese sentimiento de camaradería que nunca se ha dejado de respirar en el aire.

                Debo mencionar también a nuestros asesores, que lejos de serlo fungieron como ese apoyo que sólo un padre puede dar a sus hijos. Primero al Doctor José Loyola, que nos dio la oportunidad de ponernos una camiseta que decía vice rectoría y nos dio la oportunidad de conocer el trabajo de quienes en el mundo de afuera nos brindan las noticias día con día. Después a mi buen amigo Juan Carlos Reyes, que llegó a darnos ese último empujón que se requiere cuando la esperanza comienza a perderse y que ha sabido ganarse el respeto y la admiración de quienes con él conversamos. Hay más personas a quienes agradecerles, pero provocaría olvidos y malos entendidos el tratar de recordar todos y cada uno de los nombres que conforman esa larga lista que bien podríamos llamar blanca.

                Sí hay mucho que agradecer y mucho que trabajar aún. No somos perfectos y tratamos ser lo más profesionales posible. Como todos los ciclos que se abren y cierran, el día de hoy celebramos, el día de mañana seguiremos trabajando y el día posterior a este muchos nos habremos ido. Decía una antigua canción que el chiste no era llegar hasta arriba, sino quedarse ahí toda la vida; y me doy cuenta de que una vez que has estado en La Catarina, lo seguirás estando toda la vida y es eso lo que vale la pena al final del día.

                Cierro ahora este discurso agradeciendo a todos ustedes, una vez más, el habernos acompañado. Deseándole a La Catarina un feliz aniversario y deseándole muchos más. Agradezco a Dios el permitirme estar aquí esta noche y a mis compañeros por darme el honor de haber trabajado, peleado, escrito, reporteado, corregido, diseñado, convivido, amado, odiado, comido, gritado, reído, llorado y aprendido a su lado.

Gracias.

Ángel Tejeda Moreno, Editor en Jefe del periódico universitario La Catarina, Primavera 2009

Catarina 9

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