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El día en que dejé de confiar

¿Qué puedo decir? No soy una mala persona (a pesar de lo que muchos piensan por mi sóla apariencia), trato de llevarme bien con la mayoría de personas; hasta donde tengo entendido, enemigos no los tengo, tal vez un par de personas con las que he tenido riñas o diferencias pero que nunca llegan a más.

Por otro lado, soy una de las personas que creen que lo más importante en esta vida son los amigos. Por aquellas personas que se ganan ese “título” de mi parte, soy capaz de dar la vida, de levantarme a las 4 de la mañana para recogerlos si están muy borrachos, de abrazarlos durante toda la noche si están llorando o algo les ha pasado.

Nunca tuve suerte para las relaciones sentimentales, mucho menos éxito; dicen que soy enamoradizo, la verdad no es esa. Crecí escuchando, leyendo, observando historias de caballeros, de héroes que hacían todo por una damisela en peligro y, al final, después de mucha batalla, de muchas heridas, de mucha intriga, se quedaban con la princesa. De una época donde no tenías que esconder los sentimientos, podías decirlo tan simple como “me gustas” e, independientemente de si el sentimiento era mútuo, nadie te etiquetaba, si eras adulto, lo aceptabas, la dama no tenía porqué evitarte o buscar la manera de dañarte para que no siguieras acercándote; sólo te decía sí, no, tal vez, demuéstramelo. En esas historias existía el honor, el valor, el respeto y la caballerosidad; hoy, no existen.

¿Y qué pasa cuando se mezcla lo peor de los dos factores? La traición de un amigo y la decepción de una mujer. Pasa que que las dos lanzas te atraviesan, una justo al lado de la otra. De esas heridas que, por estar tan juntas, no se pueden cerrar.

He reprobado materias, me han puesto una buena madriza,  he perdido dinero, me he dejado de hablar con personas, he asistido a muchos funerales, etc. Pero anoche, me ha dolido más que nunca en mi corta vida. Lo sé, me falta mucho camino por recorrer, tal vez, en unos años ni siquiera recuerde este día, espero que así sea, pero es el momento justo cuando despierto y me pregunto si realmente pasó y, entonces, veo la lista de llamadas perdidas, los mensajes, hago memoria de una noche que parecía memorable y, entonces, recuerdo.

Recuerdas hacer lo posible para bailar más cerca de ella, de separarla de aquel tipo de seres que la han lastimado al punto de no creer más en la existencia de él hombre, quieres sentir sus brazos rozar los tuyos, te derrites cuando está bailando con alguien más y, discretamente, te ve a los ojos y te sonríe, te preguntas cómo harás para hacerle saber que no eres sólo su amigo, que deseas ser más que eso, que añoras demostrar que tú sí eres un hombre.

Después, la pierdes de vista. Extrañamente, tu mejor amigo tampoco esta en la periferia de tu visión nublada por humo de tabaco y seres humanos que brindan contigo cada vez que los miras a los ojos. Caminas, recibes los empujones y llegas a esa zona, vacía y libre donde todo se ve más claro. Ves a tu “hermano” tomándola de la cintura, acercándose a ella, suejetando sus manos y entrelazando sus dedos con los de ella.

En la época de la antigua Roma, pude haber desenvainado, retarlo en un duelo a muerte, tal vez darle muerte a los dos por la pena que empieza a invadir tu corazón. No, no es así, algún motivo debe haber. Me acerco y golpeo su espalda levamente para que se dé cuenta que estoy ahí, observando la escena. Mi amigo voltea, me ve a los ojos y no expresa nada, se voltea mejor a continuar con lo que estaba haciendo. Soy demasiado noble para creer lo que acaba de pasar y demasiado temeroso de ver qué pasaría después, cuando sus rostros se acercaran demasiado, es hora de retirarme.

(De igual manera, no puedo culparla si nunca le dije cuanto la quiero. Tal vez lo hice, a lo mejor pensó que se lo decía como amigo, no lo sé. No quería que pensara que mis atenciones con ella sólo eran buscando algún beneficio. Precisamente, quería demostrarle que los hombres existimos pero nunca nos voltean a ver )

No me queda ya nada en ese lugar, adonde volteo no veo una cara consoladora, un hombro para apoyarme o una mano extendida. Decido hacer lo que el cobarde, tomo mi chamarra, salgo de ahí, me pierdo en el frío obscuro y solitario de la noche, mi verdadera amante, no recuerdo cómo es que he arribado a mi habitación, no por una ingesta de alcohol, sino por el dolor y las lágrimas que llenaron mis ojos hasta que, en algún momento ya en mi cama, concilié el sueño.

Despierto, llamadas perdidas de ella, mensajes de algunos amigos que se preocuparon de mi desaparición. ¿Amigos? ¿Cómo saber quiénes son esos?, si eran lo más importante que tenía y ahora ya no sabes si los quieres ver. Si quieres, debes, confiar en alguien de esa manera otra vez.

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  1. 9 enero 2011 en 13:56

    Speechless u_u’

  2. Kotick
    9 enero 2011 en 14:07

    Lo leo, te entiendo y siento empatia por que lo he vivido en carne propia, no considero que hayas actuado de una manera cobarde sino todo lo contrario, desde mi optica es una actitud inteligente, probablemente cuando deje de estar tan caliente tu sangre y lo veas desde otro angulo te duela menos o, en el mejor de los casos, le prestes menos importancia.
    De corazon espero que te recuperes y toma como duelo el tiempo que consideres necesario, si necesitas hablar o mentarme la madre para que no me meta en tus asuntos, puedes llamarme.
    Saludos

    • 9 enero 2011 en 17:41

      Gracias amable foca blanca. No podría mentarle la madre a quien no piense que yo esté loco por escribir las cosas que escribo. Ya me empiezo a recuperar, si para algo soy bueno, es para funcionar con dolor. Un abrazo.

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