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El Cisne Negro (Que todos llevamos adentro)

Nunca he escrito una reseña cinematográfica antes y no comenzaré el día de hoy; prefiero dejarle esa labor a compañeros escritores que ven en el cine aquello que yo veo en los libros. Aún así, después de haber asistido al estreno de la obra cuyo título encabeza parte de la presente entrada, debía escribir una reflexión que ésta película me ha dejado (y probablemente les deje a otras personas que se tomen el tiempo de verla).

Para empezar, traduciré la breve sinopsis que Imdb nos da sobre la proyección en cuestión: Una bailarina de ballet gana el rol protagónico en la obra “El Lago de los Cisnes” y es perfecta para el rol del delicado Cisne Blanco – La Princesa Odette – pero lentamente perderá la cordura al ritmo en que se transforma en Odile el Cisne Negro, hija de un malvado hechicero.

Nuestra protagonista se encuentra en el conflicto que muchos entramos en algún momento: Decidir entre un lado de luz o un lado de obscuridad. Precisamente, ella es una chica criada por una madre soltera que la trata como niña a pesar de su mayoría de edad. En un mundo amoldado donde su vida gira en torno a la disciplina y la búsqueda de perfección, no se da cuenta de todo aquello que implica el mundo externo, retrayendo todo aquello que en su educación se considera tabú.

Es elegida pues es perfecta en un rol de delicadeza, bondad y belleza. Sin embargo, cuando toca el momento de convertirse en la contraparte de la blancura, el conflicto surge del temor y trauma que causa el no poder dejarse llevar, el de ser lo que no es pero que tiene muy dentro y nunca ha salido. Es ahí cuando una transformación se crea, y la locura se apodera de un deseo inconciente de evitar una evolución que, a ojos de su bondad, es totalmente negativa.

El final impactante, nos muestra que la perfección sólo se alcanza cuando atravesamos ese límite que todas las cosas en la naturaleza tienen. Sólo cuando vamos más allá, cuando nos dejamos llevar por nuestra naturaleza verdadera y cruda es que podemos resaltar y obtener el resultado que los demás alabarán.

Nos pasa lo mismo, creo yo, cuando no deseamos lastimar a las personas. Amamos demasiado, buscamos ser los salvadores de la humanidad y, aún así, no obtenemos resultados; nos esforzamos y obtenemos frustración a cambio. La razón lo sabe, a veces no es del todo bueno ser solamente luz, necesitamos de la obscuridad para poder realizar esa gran actuación, para obtener ese punto en el que la audiencia se pondrá de pie y gritará nuestro nombre.

No es algo tan fácil como decir un día “A partir de hoy seré un maldito con los demás”, es más complejo pues conlleva la responsabilidad de no dejarse dominar por ese lado negativo. Es encontrar un balance, no podemos vivir de un sólo lado.

Me pasa lo mismo, desearía ser un desgraciado, alguien a quien no le importase los sentimientos de los demás y obtuviese siempre lo que desea. ¿Pero qué precio estamos dispuestos a pagar? Que pasaría si conociéndonos, sabemos que podría surgir algo que no sólo no le conviene a los que nos rodean, sino a nosotros mismos.

¿Qué hacer si el lado que mantenemos reprimido es aún más fuerte que nosotros mismos? ¿Estamos dispuestos a cruzar el límite y dejar salir aquello que podría convertirse en lo que más tememos e incluso juramos combatir?

Yo mismo no lo sé.

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