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¿De nadie queda nada?

Independiente a las razones que me han llevado a recibir el famoso comentario “Pues ya ni modo Ángel, de ti, no quedó” y que, a veces, me han llevado utilizarlo propiamente como “Ni modo, de mí, no quedó”, he reflexionado sobre el significado de tal frase y, si de algo puedo estar seguro, es en su existencia  como una de las múltiples frases que se usan todo el tiempo sin darnos cuenta del significado tan derrotista que encierra.

Todos cometemos errores, de lo contrario no seríamos humanos. El peor tipo de error es aquel que no solo nos afecta, también afecta a los demás. En detrimento va el hecho que se da cuando lastimamos a un ser querido. Entonces las disculpas llegan pero no hay respuesta, intentamos un poco más y los oídos sordos no nos brindan una réplica. Pronto nos autoconvencemos de no tener la culpa, tal vez no estamos equivocados y, en realidad, la culpa la tiene esa persona que por algún motivo nos ha retirado la palabra y que ha cortado todo rastro de comunicación; por lo menos de eso nos sugestionamos.

Debatimos largo rato, las demás amistades apoyan pero también se cansan. Al final, “no quedo de mí”.

Y es una frase tan derrotista porque conlleva la aceptación de no desear hacer nada más ¿pasamos la vida aceptando que nada se puede hacer? Yo le llamo autocompasión (horrible si me preguntan) nos engañamos diciendo “hice todo lo que podía y si la otra persona no quiere, es su problema”, pero no es así. Yo en verdad creo que si hiciésemos todo lo que pudieramos, la oración no existiría.

A veces el problema no es la negativa de la persona con quien quisiéramos arreglar las cosas, el problema somos nosotros mismos cuando damos señales equivocadas y cuando, por encima de otros motivos, no tenemos el don de la paciencia. Darle tiempo al tiempo, por el contrario, es la mejor opción en determinadas ocasiones.

Ojo, no hay que confundir el dar tiempo de reflexión, que dar tiempo esperando que se convierta en años o, en el peor de los casos, un nunca.

Lamentablemente, para jugar estos juegos se requiere de dos personas y, al igual que en el amor, el esfuerzo de uno requiere de la aceptación y mínima participación del otro. Creo firmemente que si una persona es lo suficientemente especial para uno, entonces no debería haber un problema; por supuesto, hay de errores a errores y, al final, el meollo del asunto se encuentra en una aceptación incondicional de la persona con defectos y virtudes por igual.

No tiene nada de malo intentar, lo malo es no hacerlo. Y si el perdón está en nuestras manos, lo mínimo que podemos hacer es otorgarlo.

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