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Entrada de una novela

Te precipitas hacia la puerta  de ese apestoso microbús con la urgencia que te provoca el alejarte de ese conglomerado de sudor, provocado por el calor humano acumulado de gente que muy rara vez toma un baño, por lo menos así lo piensas tú. El destartalado vehículo se encuentra  atiborrado de personas que llevan tatuada en la cara la imagen de esperanza de que pronto llegarán y de que pronto llegará el viejo, repetitivo y traumatizante sueño del aumento de sueldo, de subir de puesto, de “a ver si ya me nota el secretario y me encarga nuevas comisiones”. Suena La Cumbia del Garrote a un nivel de volumen que lastima los oídos, nadie se atreve a decirle nada al chofer que más que chofer parece mara; ¿quién sabe si hasta drogado venga y se te lance a mordidas si le reclamas por su alegórica melodía?

Ya casi, ¡la próxima es tu parada! Mentalmente calculas la hora porque en la prisa olvidaste el reloj de pulso marca “Prolex” que te regaló tu primo, producto de una visita al mercado fayuquero de a la vuelta de su casa, y ni el celular descargado puede ayudarte a resolver la duda. Me quedé dormido media hora, tarde la mitad del tiempo normal para vestirme y desayunar un vaso con agua acompañado de dos rollos de jamón en lugar del habitual sándwich; como era de esperarse, el transporte de empleados ya no estaba y tuviste que abordar el público que, entre parada y parada, tarda cerca de tres cuartos de hora en llevarte a la zona donde caminarás todavía 3 cuadras más para acceder al reloj checador de la chamba. Afortunadamente, el may, así te imaginas que le dicen al centroamericano que lleva el volante de la unidad, es lo que llamarías un cafre y excede fácilmente los límites de velocidad y hasta ignora a algunos usuarios que le hacen la parada.

Con todo, máximo llegarás 10 minutos tarde y ya sabes que Tachito guarda el checador a las nueve y cuarto por aquellos despistados que, como en tu caso, se durmieron como el camarón y a punto estuvieron de ser llevados por la corriente, ¿la corriente? Más bien la chingada porque ya andabas advertido y juraste no volver a perder un trabajo debido a tus malas costumbres de desvelarte peleando con esos maullantes felinos hijos de su gata madre.

Corres las tres cuadras restantes sorteando toda clase de obstáculos: Al vendedor de tortas de tamal, al bolero que te ofrece grasa, al carrito que grita “¡¡¡empanadaaaaaaas!!!”. Por fin atraviesas la puerta electrónica y el mentado Tachito no está, son las nueve con veinte del miércoles 23 de diciembre del año del Señor, 2003. Lo lograste otra vez, un día más en tu fracasada vida de analista de datos de empresas de tercera. Te diriges a tu escritorio sin haber checado, te sientas y, mientras esperas a que la computadora ensamblada cargue el güindous, la voz de la buenérrima y alzada asistente del jefe suena por el altavoz: “Licenciado Martínez, favor de presentarse en la oficina del Ingeniero Mendoza; Licenciado Martínez, favor de presentarse en la oficina del Ingeniero Mendoza”… Aquí vamos otra vez.

– Elaborado como tarea en un curso de creación literaria de la Sogem, Puebla.

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Categorías:Expresiones Etiquetas:
  1. Jose Mateos
    6 julio 2012 en 15:15

    Buen prologo de una novela urbana, de la vida cotidiana en la urbe mas grande del mundo, por principio pude persivir esa desesperacion de bajar con urgencia de un microbus al que jamas me he subido, y empezo a molestarme el protagonista de este prologo, por que me molesta la gente impuntual, jajaja saludos Angel!

  2. 6 julio 2012 en 15:33

    Me parece interesante el pequeño extracto de la vida de ese sujeto, que pareciera que forma parte de una generalidad mexicana, así como el, los demás 75 pasajeros con esa desesperación caracterizada por buscar solo el beneficio propio, queriendo o añorando la desgracia de los demás.Me imaginaba a este sujeto diciendo en su mente “No pares!!, déjalo, atrás viene otro” …. solo por no tener el sentido de responsabilidad y levantarse temprano.En fin, son mexicanos. Saludos Ángel.

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