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La coma vocativa

Comparto, a continuación, este texto que encontré en Letras Libres y que me identificó. Todos los derechos pertenecen a la revista y a su autor:

Por José Israel Carranza

Toda causa a la que nos adscribamos para luchar por ella puede no ser otra cosa que la mera exacerbación de una neurosis. Aun a sabiendas de ese riesgo, yo estoy a punto de comenzar a batirme por una causa que encuentro urgentísima –además las causas dignas no solo escasean, sino que suelen estar ya defendidas por otros mejores que uno, y esta, me temo, nadie se la ha planteado todavía: razón de más para alarmarse y actuar–. Pongámoslo así: hay signos ominosos que anuncian el resquebrajamiento de las civilizaciones, y su poder es más destructor debido a que pasan inadvertidos hasta que es demasiado tarde. Así veo la extinción en curso de la coma vocativa: como la grieta en la represa que nos preserva de la catástrofe. ¿Vamos a dejarla sin restañar?

Otrora indispensable en el idioma español antes y después de todo vocativo (“Te voy a matar, infeliz”, o “Gordita, ¿ya acabaste?”), no hace falta consultar una gramática para reconocer el servicio que esta coma brinda a la mínima claridad y la evitación de malentendidos (no es lo mismo “¿Quieres un café, viejo, negro y cargado?” que “¿Quieres un café, viejo negro y cargado?”). Pero como quizás los malentendidos no sean tan probables en las fórmulas de saludo con que encabezamos nuestras comunicaciones, parece que viene a dar lo mismo ponerla o no: al leer “Hola, Tobías” u “Hola Tobías”, lo más seguro es que Tobías entienda igual, y pase a lo que sigue. Incluso si lee “ola tovias” podrá seguir quedándole claro –aunque acaso se sobresalte, si algún escrúpulo guarda, o tal vez no le importe y responda “ola jorje”, especialmente si la comunicación ocurre a través de los diminutos teclados de sendos smartphones en los que a tovias y jorje les dé infinita pereza poner ningún cuidado–. No pretendo incurrir en las acusaciones apresuradas que tienden a lanzarse contra las llamadas nuevas tecnologías cuando se habla de la inobservancia creciente de la corrección en la escritura: prefiero creer que tanto trabajo cuesta teclear bien como teclear mal –sobre todo en las pantallas táctiles, aptas solo para los gnomos y no para los dedos humanos, máxime si estos van decorados con uñas de pulgada y media o si sostienen al mismo tiempo el volante del automóvil y un Frutsi–; sin embargo, sí reconozco que la alta velocidad de los intercambios de mensajes o correos electrónicos tiene el efecto pernicioso de inducirnos a la rapidez (y la malhechura) al redactarlos: puesto que el destinatario de mis palabras puede recibirlas al instante incluso si se halla en las antípodas, yo las escribo a la carrera, como si así fueran a llegar más rápido, desprevenido de que el vértigo empieza solo hasta que pulso la tecla Send.

Ya se sabe que la añoranza de tiempos mejores únicamente conduce a proscribirse del presente: quien encuentre preferible un pasado donde la gente sabía saludar como la gente, bien puede ir resignándose a quedar cada vez más solo para rumiar de modo maniático su irritación. Eso es lo que yo obtengo con cada salutación que se me dirige sin la coma debida, no importa cuál sea el grado de educación, formal o informal, demostrable o presumible, de mis corresponsales. (Quizás deba rebuscar en los sótanos de la infancia la conminación imborrable de la maestra empeñada en no dejarnos consentir jamás esa infracción: ni permitírnosla ni perdonarla. ¿Cómo logró inocularme esa aprensión, cuál argumento irrebatible habrá usado, de qué terrores se habrá valido para condenarme a poner la coma siempre y sufrir siempre que no la viera? Quizás sea mejor no bajar a esas oscuridades.) Cuán desmerecido debo hallarme en la opinión de mi remitente, me da por suponer, si leo que en su saludo pega mi nombre al “Hola” sin siquiera haberse planteado la alternativa: ¿qué trabajo le costaba pulsar una tecla más? Enseguida lo disculpo: en este mundo podrido, donde el acatamiento de las normas de la lengua puede tenerse por ornamental y accesorio y frívolo dadas las condiciones de urgencia y amenaza constantes en que sobrevivimos, quién va a tener la paciencia de preguntarse si escribe bien o no; además, no hay que perder de vista la catástrofe inveterada de la educación básica en México. No obstante, como también –aunque excepcionalmente– hay quien sí pone la coma (y yo mismo la pongo siempre, maestra, se lo juro), acabo por concluir: nada justifica su ausencia. Y cedo a una mezcla de rabia que se trueca en consternación: ¿por qué hemos terminado en esto?

“La corrección lingüística es la premisa de la claridad moral y de la honestidad”, observó Claudio Magris en un pasaje deMicrocosmos. Aunque aparentemente sea una aseveración desmedida, abusiva (habrá santos que escriban con las patas, así como villanos de prosa esmeradísima), es inobjetable si se piensa que el menosprecio de la corrección es indicio de la corrupción del trato que la exigía. Quiero decir: si se ha dejado de usar la coma vocativa es porque, en el fondo, el trato social está tan descompuesto que se le da cauce de cualquier modo y sin el menor respeto por el otro. La confusión y la boruca prosperan gracias a lo enturbiada que está nuestra consideración de los demás y, en consecuencia, nuestra comprensión de nosotros mismos como partícipes de una realidad en la que estamos entendiéndonos cada vez peor, sin ninguna claridad moral. Y no solo por escrito. Si hemos podido prescindir de esa mínima deferencia, ¿qué nos espera? Empezamos por perder esa coma y terminaremos valiéndonos solo de gruñidos. Y es que lo más preocupante acaso no sea la progresiva omisión de la coma vocativa, sino que nadie parezca echarla de menos. “Por eso también una sola coma en el sitio equivocado”, seguía diciendo Magris, “puede acarrear desastres, provocar incendios que destruyan los bosques de la tierra”. Y yo añadiría: la ausencia de una sola coma. ~

Fuente: Letras Libres

Been there, read that (CXXII)

Viaje al centro de mi tierra

Aut. Guillermo Sheridan

Viaje al centro de mi tierraConocí a Sheridan (en letras) hace un par de años, trabajaba como becario en el Departamento de Publicaciones de mi universidad. En aquellos entonces, recibíamos en el área de acabado todo lo que eran las publicaciones (libros, folletos, volantes, trípticos) con el sello universitario, nos encargábamos de revisarlo y de separar los elementos defectuosos; finalmente, los empaquetábamos para su posterior envío.

Una de las obras que pasó por mis manos, fue un libro titulado El Encarguito, cuya autoría pertenecía a Guillermo Sheridan. Me quedé con un par de ejemplares defectuosos, leí uno y quedé maravillado y extasiado con las risas que me hizo pasar. Años más tarde, comencé a comprar la revista Letras Libres y decubrí que el autor tenía ahí una columna que trataba temas varios de una manera divertida e inteligente.

Viaje al centro de mi tierra es, pues, un compendio de columnas y entradas de blog que aparecieron en esa revista y en el sitio web del escritor entre 2007 y 2012. Política y cultura propia de nosotros, los mexicanos, son los temas en los que Sheridan hace ver el punto ridículo y que puede llegar a ser molesto y estresante sobre cómo dejamos que se dirija un país y de los gastos estúpidos que se hacen a costa de nuestros impuestos.

Más de una persona podría resultar susceptible y se enojará mientras lee, de verdad resultan molestas algunas cosas. Al mismo tiempo, reiremos. Es un libro agridulce, más dulce que agrio, que provocará risa y sonrisas involuntarias. Es, de verdad, una genialidad.

Entre la crítica y el dogma

Marxismo

Por eso Octavio Paz solía distinguir entre el marxismo como crítica y el marxismo como dogma. El primero, decía, “nos ayudó a pensar libremente”; el segundo, “es un obstáculo que impide el pensamiento”. Su relación con el legado de Marx, a lo largo de su amplia trayectoria intelectual, fue un testimonio de dicha distinción: simpatizó con él por lo que tuvo de utopía, lo rechazó por lo que tuvo de ideología.

– Carlos Bravo Regidor, Letras Libres No. 172, abril de 2013.

Cayuela viruliento

De esos días en que despiertas, abres tu correo electrónico personal y encuentras una notificación de twitter cuyo subject es “¡Ricardo Cayuela (@RicardoCayuela) te ha enviado un mensaje directo en Twitter!‏”. Lo abres y te encuentras con esto:

Cayuela Viruliento

 

Me parece que mi estimado Ricardo trae un virus en su cuenta.

Been there, read that (LXVIII)

26 noviembre 2012 1 comentario

La sombra del futuro

Aut. Roger Bartra

Soy un ávido lector de Letras Libres y no hay nada como disfrutar de las columnas del final de la revista a cargo de Sheridan, Serna y Bartra, entre otros. Por lo anterior, me declaro fan de los mencionados y cuando me topo con alguno de sus libros, no dudo en adquirirlo. Tal ha sido el caso de la obra que comento el día de hoy: La Sombra del Futuro de Roger Bartra.

La Sombra, es una pequeña colección de ensayos encaminados a analizar la actitud y sentir del electorado mexicano previos a las elecciones que culminaron con la victoria del ahora presidente, Enrique Peña Nieto. Actualizado hasta abril, Bartra toma como eje de sus textos tres temas principales: la debacle del PAN, la mala estratagema publicitaria del PRD y el peligroso regreso al gobierno del PRI.

Mientras que defiende (mas no justifica) la guerra que el PAN emprendió en contra del narco, señalando la infinidad de deficiencias que debieron eliminarse antes de, ataca la manera en que el PRD decidió buscar el apoyo del público y que terminó fortaleciendo a “la vieja hidra” priísta. Es aquí donde La Sombra encuentra su principal nicho, en la descalificación de las viejas prácticas y las recientes alusiones que no dejan ver más que a un PRI fortalecido y ávido de recuperar el poder.

Ante todo, Roger nos señala un camino diferente para recuperar la democracia que se ha perdido en una transición accidentada: la creación de una nueva y mejor cultura política. Encontrar en las nuevas generaciones al buen político: aquel que no ve a los contrarios como enemigos sino como ideologías diferentes a la suya y puntos de vista que pueden mejorar la propia visión nacional.

Para los lectores regulares de Letras Libres, el libro presentará una forma de regresar a lo ya leído a lo largo del año. De hecho más de la mitad de los textos han sido publicados en la revista. Para quienes no son lectores, es una gran oportunidad de agregar una visión crítica muy bien fundamentada a las opiniones que se tengan sobre un futuro que está a unos días de llegar.