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Posts Tagged ‘Traición’

Traicionar a un can

Perro

—¿Qué será del perro? —pregunté de pronto.

Mi madre se paró en seco como si acabara de golpearla.

El perro debió darse cuenta de que se hablaba de él, pues salió del rincón donde estaba acostado meneando la cola. No pertenecía a una raza definida. Era un chucho, pero muy gracioso e inteligente. Cada uno de sus movimientos reflejaba una cierta humildad, como si quisiera hacerse perdonar por ser tan feo. Nos observaba atentamente y parecía sonreír. Debía estar convencido de que decíamos de él cosas muy agradables.

Traicionar a un perro es aún más cruel que traicionar a un hombre, pues él no sabe de qué se trata y no puede juzgar sino por la voz y los rostros. Si, sonriendo y con voz suave, se le dicen las cosas más horribles, él viene agradecido a lamernos la mano. No quería traicionar a nuestro pobre perro.

—¿Qué va a ser del perro? —pregunté de nuevo, con tono irritado y terminante, para que él se diera cuenta de lo que le esperaba. Pero no cesaba de menear la cola.

Fragmento de Tengo quince años y no quiero morir, de Cristine Arnothy

Been there, read that (LXXXIII)

La ternura caníbal

Aut. Enrique Serna

La ternura caníbalRealidad humana, cruda, traicionera, egoísta. La ternura caníbal es así, sumamente humana. Crueldad innecesaria, hambre por dañar al que nos toma de la mano y nos besa. No queremos vivir abandonando nuestros vicios carnales, pero no estamos dispuestos a que el ser amado disfrute a su vez de los suyos. No podemos permitir que el otro sea más feliz aún cuando su felicidad se base en una falsedad, nos morimos de ganas porque se entere y esté consciente de esa falsedad.

Enrique nos trae en La ternura, una serie de relatos que hablan de personajes cotidianos en situaciones más que reales, ambiguas pero que pertenecen a nuestro día a día. Un macho que en vísperas de la muerte decide que su mujer, joven y atractiva, debe acompañarlo hasta la tumba; un mujeriego que induce a su mujer al mundo swinger y que se arrepiente cuando le es arrebatada la inocencia de su matrimonio; la incondicional que le confiesa al moribundo cónyuge cómo fue que se las arreglo para no salir nunca de su vida; el artista que destruye la carrera de su mujer de forma anónima…

Demasiada cruel es la ternura caníbal, la que devora al que decimos amar. Al leerla, no sabremos si nos sentimos tristes, torturados o incluso felices de no estar viviendo situaciones similares, aún. Es, sin duda, un gran libro, no se puede dejar de leer a pesar de la tristeza que nos inunda el empatizarnos con los personajes. Las mujeres siempre ganan, pero a costa de qué es que existe su victoria. Encontramos en el sufrimiento ajeno un curioso y delicioso aperitivo de nuestra predilección.

La ternura caníbal vive muy adentro de nosotros. Está ahí, dispuesta devorarnos si no hacemos algo por satisfacerla con la carne de los otros.

Been there, read that (LXXVIII)

La mujer rota

Aut. Simone De Beauvoir

La Mujer RotaConsiderado como un regalo originalmente, me permití preguntar al futuro dueño si podría abrir el libro para leerlo rápidamente antes de entregarlo (pues no era un regalo sorpresa, ciertamente), tras recibir la respuesta afirmativa, me hundí en uno de los textos básicos de la compañera del buen Sartre. Justo cuando comenzaba, un buen amigo me advirtió “ten cuidado que podrías quedar atrapado en el feminismo de ese libro” y, aunque no quedé atrapado por feminismo alguno, sí quedé prendado de la temática y dolor al que Simone nos enfrenta.

La obra se compone de tres historias: La edad de la discreción, Monólogo y La mujer rota. La primera, habla de ese sentimiento que surge cuando una mujer empieza a perder la confianza en sí misma y cuando sus errores se vuelven estigmas que le impiden sacudir el polvo que se acumula sin que ella se dé cuenta cegada por su ego, de cómo piensa que su inteligencia, belleza y hasta su compañero la abandonan sin darse cuenta de que lo que falla es su percepción y no lo que tiene realmente a su alrededor. Monólogo, es precisamente el discurso de una mujer que se enfrenta a la soledad y a la necesidad que tiene de obtener la custodia de un hijo y después del propio marido a quien reprocha y al mismo tiempo añora. Finalmente, La mujer rota es la historia de otra mujer, que es traicionada por su esposo y al que le acepta sus infidelidades bajo la bandera de que tarde o temprano se cansará de las amantes y regresará con ella; creerá sus mentiras, tomará las sobras y no se rendirá, para finalmente saber que ha sacrificado sus propias oportunidades cuando hubo de tomarlas.

Las historias tienen algo en común: desesperación, crisis de la edad, inseguridad. Mujeres que han tenido sus errores y que no saben cómo enfrentarlos y que también reciben golpes que no merecen o que simplemente no esperan. Su necesidad de creer y sostenerse de causas e ideas perdidas. La esperanza que no se rompe a pesar de que no haya un sólo viento a su favor.

Debo admitirlo, bajo mi panorama actual (laboral, profesional, sentimental), me he sentido identificado en más de una ocasión con las protagonistas; hay conversaciones que llegan al alma, sobre todo cuando uno ha sufrido decepciones o traiciones de un ser amado. Sin duda, Simone ha logrado retratar el sentimiento de muchas mujeres en su época y de muchos lectores, hombres y mujeres, en la época actual. Finalmente, todos sufrimos por igual.

Sospechar todo es intolerable

Simone De Beauvoir

¡Ah!, mejor hubiera sido callarme. Pero nunca tuve nada oculto para Maurice; en fin, nada serio. No pude ocultar en mi corazón su mentira y mi desesperación. Golpeó la mesa: “¡Todos esos chismes!” Su rostro me impresionó. Le conocía ese rostro de cólera, me gusta; cuando a Maurice le piden un compromiso, su boca se crispa, su mirada se endurece. Pero esta vez yo era el objetivo, o casi. No, Noéllie no estaba en Roma con él. No, no se acostó con ella antes de agosto. La veía de vez en cuando, habían podido verlos juntos, no quería decir nada.

—Nadie los ha visto; pero te confiaste a Couturier que le contó todo a Luce.

—Dije que veía a Noéllie, no que me acostara con ella. Luce deformó todo. Llama a Couturier, enseguida, pregúntale la verdad.

—Bien sabes que es imposible.

Lloré. Me había prometido no llorar pero lloré. Dije:

—Mejor harías contándomelo todo. Si conociera verdaderamente la situación, podría tratar de encararla. Pero sospechar todo, no saber nada, es intolerable. Si te limitabas a ver a Noéllie, ¿por qué habérmelo ocultado?

—Bueno. Voy a decirte la completa verdad. Pero entonces créeme. Me acosté tres veces con Noéllie el año pasado y verdaderamente no contaba. No estuve en Roma con ella. ¿Me crees? 

No sé. ¡Me has mentido tanto!

Hizo un amplio gesto de desesperación:

¿Qué quieres que haga para convencerte?

 —No puedes hacer nada.

 

– Fragmento de La Mujer Rota, escrita por Simone De Beauvoir.

El día en que dejé de confiar

¿Qué puedo decir? No soy una mala persona (a pesar de lo que muchos piensan por mi sóla apariencia), trato de llevarme bien con la mayoría de personas; hasta donde tengo entendido, enemigos no los tengo, tal vez un par de personas con las que he tenido riñas o diferencias pero que nunca llegan a más.

Por otro lado, soy una de las personas que creen que lo más importante en esta vida son los amigos. Por aquellas personas que se ganan ese “título” de mi parte, soy capaz de dar la vida, de levantarme a las 4 de la mañana para recogerlos si están muy borrachos, de abrazarlos durante toda la noche si están llorando o algo les ha pasado.

Nunca tuve suerte para las relaciones sentimentales, mucho menos éxito; dicen que soy enamoradizo, la verdad no es esa. Crecí escuchando, leyendo, observando historias de caballeros, de héroes que hacían todo por una damisela en peligro y, al final, después de mucha batalla, de muchas heridas, de mucha intriga, se quedaban con la princesa. De una época donde no tenías que esconder los sentimientos, podías decirlo tan simple como “me gustas” e, independientemente de si el sentimiento era mútuo, nadie te etiquetaba, si eras adulto, lo aceptabas, la dama no tenía porqué evitarte o buscar la manera de dañarte para que no siguieras acercándote; sólo te decía sí, no, tal vez, demuéstramelo. En esas historias existía el honor, el valor, el respeto y la caballerosidad; hoy, no existen.

¿Y qué pasa cuando se mezcla lo peor de los dos factores? La traición de un amigo y la decepción de una mujer. Pasa que que las dos lanzas te atraviesan, una justo al lado de la otra. De esas heridas que, por estar tan juntas, no se pueden cerrar.

He reprobado materias, me han puesto una buena madriza,  he perdido dinero, me he dejado de hablar con personas, he asistido a muchos funerales, etc. Pero anoche, me ha dolido más que nunca en mi corta vida. Lo sé, me falta mucho camino por recorrer, tal vez, en unos años ni siquiera recuerde este día, espero que así sea, pero es el momento justo cuando despierto y me pregunto si realmente pasó y, entonces, veo la lista de llamadas perdidas, los mensajes, hago memoria de una noche que parecía memorable y, entonces, recuerdo.

Recuerdas hacer lo posible para bailar más cerca de ella, de separarla de aquel tipo de seres que la han lastimado al punto de no creer más en la existencia de él hombre, quieres sentir sus brazos rozar los tuyos, te derrites cuando está bailando con alguien más y, discretamente, te ve a los ojos y te sonríe, te preguntas cómo harás para hacerle saber que no eres sólo su amigo, que deseas ser más que eso, que añoras demostrar que tú sí eres un hombre.

Después, la pierdes de vista. Extrañamente, tu mejor amigo tampoco esta en la periferia de tu visión nublada por humo de tabaco y seres humanos que brindan contigo cada vez que los miras a los ojos. Caminas, recibes los empujones y llegas a esa zona, vacía y libre donde todo se ve más claro. Ves a tu “hermano” tomándola de la cintura, acercándose a ella, suejetando sus manos y entrelazando sus dedos con los de ella.

En la época de la antigua Roma, pude haber desenvainado, retarlo en un duelo a muerte, tal vez darle muerte a los dos por la pena que empieza a invadir tu corazón. No, no es así, algún motivo debe haber. Me acerco y golpeo su espalda levamente para que se dé cuenta que estoy ahí, observando la escena. Mi amigo voltea, me ve a los ojos y no expresa nada, se voltea mejor a continuar con lo que estaba haciendo. Soy demasiado noble para creer lo que acaba de pasar y demasiado temeroso de ver qué pasaría después, cuando sus rostros se acercaran demasiado, es hora de retirarme.

(De igual manera, no puedo culparla si nunca le dije cuanto la quiero. Tal vez lo hice, a lo mejor pensó que se lo decía como amigo, no lo sé. No quería que pensara que mis atenciones con ella sólo eran buscando algún beneficio. Precisamente, quería demostrarle que los hombres existimos pero nunca nos voltean a ver )

No me queda ya nada en ese lugar, adonde volteo no veo una cara consoladora, un hombro para apoyarme o una mano extendida. Decido hacer lo que el cobarde, tomo mi chamarra, salgo de ahí, me pierdo en el frío obscuro y solitario de la noche, mi verdadera amante, no recuerdo cómo es que he arribado a mi habitación, no por una ingesta de alcohol, sino por el dolor y las lágrimas que llenaron mis ojos hasta que, en algún momento ya en mi cama, concilié el sueño.

Despierto, llamadas perdidas de ella, mensajes de algunos amigos que se preocuparon de mi desaparición. ¿Amigos? ¿Cómo saber quiénes son esos?, si eran lo más importante que tenía y ahora ya no sabes si los quieres ver. Si quieres, debes, confiar en alguien de esa manera otra vez.