La naturaleza del sacrificio

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Comparto este extracto de un documental, Religion of Sports, que en el capítulo dedicado a la peleadora de artes marciales mixtas, Cat Zingano, nos da la clave para entender la naturaleza de hacer sacrificios…

The nature of sacrifice is universal. We surrender something, something precious. Valuable. We do it, and we hope, or, in some cases, we pray that our situation change. We make a deal with the future. Today will be darker so tomorrow might be brighter.

We don’t make sacrifices when times are good. Most of the time, we can accept that the future is anoble. But in those times when we are desperate to control things that are fundamentally uncontrollable, that’s when we offer out what matters to us most.

Truth? Sacrifices regularly go unanswered. No matter how much is given the answer is often silence.

If sacrifices don’t bring us what we want, why we keep making them? Maybe the answer is inside the word itself. “Sacrifice” comes from two latin words, sacrum facere which means “to make holy”. What is offered up in sacrifice, even if unanswered, is not lost, it’s made holy. Even though we cannot change future with our sacrifices, we always change ourselves.

(La naturaleza del sacrificio es universal. Entregamos algo, algo preciado. Valioso. Lo hacemos, y esperamos o, a veces, rezamos por que la situación cambie. Hacemos un trato con el futuro: El día de hoy será más oscuro para que el de mañana pueda ser más brillante. No hacemos sacrificios en las buenas épocas. La mayoría del tiempo, podemos aceptar que el futuro es inescrutable. Pero en esos momentos cuando estamos desesperados por controlar cosas incontrolables, entonces ofrecemos lo que más nos importa. ¿La verdad? Los sacrificios regularmente no son contestados. No importa cuánto se dé, muchas veces la respuesta es silencio. Si los sacrificios no nos dan lo que queremos, ¿por qué seguimos haciéndolos? Quizás la respuesta está en la palabra misma. “Sacrificio” viene de dos palabras en latín, sacrum facere, que significan “hacer santo”. Lo que se ofrece como sacrificio, aunque no sea respondido, no se pierde, se santifica. Aunque no podamos cambiar el futuro con nuestros sacrificios, siempre nos cambiamos a nosotros mismos.)

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La niña se llamaba Julia

Rescato este fragmento para recordar lo cruel de la naturaleza humana, ¿a cuántos fieles cuadrúpedos hemos abandonado a su suerte que, en el mejor de los casos terminan en un albergue para ser adoptados; en el peor, atropellados, asesinados o sirviendo a los propósitos de humanos aún más crueles que los utilizan para pelear?

[…]

El labrador movió la cabeza fatigada.

—Yo me llamo Tomás —sonreía con tristeza—. Es un nombre ridículo para un perro, ya lo sé. Pero me lo puso una niña. Una pequeña humana… Recuerdo su olor tibio.

Suspiró hondo y se quedó mirando el vacío.

—Siete meses justos —murmuró tras un instante—. De cachorrillo de Navidad a estorbo para las vacaciones de verano.

—Todo un clásico —apunté.

—Cuando duermo, todavía sueño con el coche ganando velocidad mientras yo corro detrás y ellos se alejan.

—Qué vieja historia —dije, amargo—. y qué poco original.

—Sí. Durante semanas vagué por esa carretera, esperando verlos regresar.

—Claro.

Pero no regresaron.

—Por supuesto que no.

Nunca lo hacen.

Cambiamos una mirada triste. Al cabo, el labrador se volvió hacia el bodeguero.

—Morir no es tan grave, Cuco… Incluso alivia.

—Pues muérete tú, joder.

—Tranquilízate —el labrador le dio un par de lametones amables—. No vas a sobrevivir a la Barranca, así que lo mejor es que acabes rápido, como te dijimos antes. Te lanzas a las fauces del otro y acabas en un pispás.

—Con dos cojones —comenté.

—Para ti es fácil decirlo —me dijo el bodeguero, rencoroso—. Con tu estatura y tus mandíbulas. Cabrón.

—Mejor eso —dijo el labrador— que tardar un largo rato en acabar, para diversión de los humanos y adiestramiento del que te liquida… Seguro que aquí, el compañero, también está de acuerdo en eso.

—Por completo —dije.

—Callaos, maldita sea —el bodeguero se acurrucó en un rincón y se cubrió la cabeza con las patas—. Dejadme en paz.

Entonces se abrió la puerta del cobertizo. Dos humanos venían a por el labrador. Éste nos miró por última vez, alzó una pata y dejó una pequeña meada en un rincón de la jaula. Olfateé con facilidad lo que decía: “Tomás estuvo aquí”. Al acabar irguió la cabeza y se pasó la lengua por el hocico, las patas y los genitales, aseándose un poco.

—La niña se llamaba Julia —dijo.

Después se dejó llevar con un trotecillo corto y digno.

Epílogo del labrador (habla de nuevo el Negro para sí mismo):

Manteniéndome sujeto por el collar a una correa, me arrastraron a un coso circular de unas veinte patas de diámetro —la pata perruna, como saben, equivale a unos treinta centímetros— de suelo cubierto de arena: una arena removida de pisadas, que casi había absorbido, en grandes manchas pardo rojizas, la sangre vertida en ella un rato antes. Y más allá del coso, entre las piernas de los humanos, alcancé a distinguir el cuerpo inerte y ensangrentado del labrador. 

Been there, read that (CLV)

Los perros duros no bailan

Aut. Arturo Pérez-Reverte

EAL33134Esta es la historia de Negro, que en algún momento tuvo alguno de esos nombres cursis que se le ponen a los cachorros y que hace tiempo que quedó en el olvido. Negro es un sobreviviente, es uno de esos pocos gladiadores romanos que tuvieron la habilidad y una pizca de fortuna para retirarse del deporte; eso sí, forjándose una leyenda y cargando un sinfín de cicatrices que no porta con tanto orgullo como quisiera. Símbolos de la crueldad de un grupo de humanos que entrena máquinas de matar sedientas de la sangre de sus semejantes.

Negro se reúne a diario con su amigo Teo en el lugar habitual: el Abrevadero, donde una destilería vierte sus desechos anisados para deleite de los canes que buscan emborracharse. Así transcurre la vida, al lado de otros: Agilulfo, el perro cuyo culto dueño le ha transmitido dones filosóficos; Boris el Guapo, perro de concurso; Margot, la cantinera francesa feminista… También está Helmut, el Doberman neonazi que extorsiona perros judíos, entre otros.

Pero un día, Teo y Boris desaparecen sin dejar rastro. La lealtad de Negro lo llevará a indagar sobre la desaparición de su buen amigo y lo conducirán a un terreno familiar al que desearía no volver. Esta es la historia del gladiador romano retirado que tendrá que regresar a la arena para salvar a su mejor amigo de un destino que pocos pueden enfrentar sin perder la razón.

La obra de Pérez-Reverte se siente como una historia alterna a La Isla de los Perros que se estrenó en el cine hace poco. Vemos a los canes dialogar y reflexionar sobre su condición de perros. Entendemos que ellos se rigen por estándares de lealtad y rectitud muy diferentes a los de los humanos. En ellos no hay malicia, sólo instinto y reacción.

Es divertida, muchas veces me descubrí riendo mientras leía. Es trágica también, el retrato de los humanos es preciso y la sombra del abandono y la crueldad se cierne sobre nosotros cuando escuchamos el testimonio de los animales que se encuentran en un lecho de muerte, tan sólo recordando el olor de la niña que los quiso mientras eran cachorros y que después los abandonó en el momento en que se convirtieron en una dificultad para las vacaciones de verano.

Los perros duros no bailan es una novela corta, de esas que se leen de una sola sentada. Y sin embargo no deja de ser profunda. Es un atisbo de una historia con un bagaje psicólogico profundo. Se disfruta, provoca alegría pero también tristeza y reflexión. Sería un excelente regalo para cualquier amante de los animales.

Fragmentos de un amor (por momentos) desesperado

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Rescato un par de fragmentos que no puedo dejar pasar de las cartas que Jaime le escribió a Chepita. La distancia hace de las suyas, y aunque hay amores correspondidos, el tiempo provee de la materia prima esencial de la desesperación que se enmarca en una pasión desbordada. Cuántos de estos sentimientos se me han acumulado en las últimas semanas; qué hermoso es sentirse como se sintió Sabines.

Cuando no afligen ni la distancia ni el amor:

Ahora te deseo y te quiero, pero no me aflige ni la distancia, ni el amor. Pasarán estos meses y estarás de nuevo a mi lado; pasarán todas las ausencias que nos esperen en la vida, y siempre estarás a mi lado, no podremos dejar de estar juntos; yo bebiendo de ti todo el amor que necesito, y tú encontrando en mí todas las fuerzas que te faltan. Somos necesarios uno al otro; eso es todo. Ambos nos damos vida; y fuera de los dos toda intención se frustra. Debemos aceptarlo así y alegrarnos de ello. Yo, de veras, me alegro. Me alegro de ti y de quererte.

Es posible que te haya hecho daño muchas veces. Es posible que aún te haga más mal. Pero quiero pedirte que todo lo perdones. Yo siempre he querido estar seguro de que me quieres como soy, y entonces me he propuesto ser como soy. Nada me ha detenido. Nada podría tampoco hacerme falso, distinto. Muchas veces me he puesto a pensar en aquello de Neruda: “amor que quiere libertarse para volver a amar”. A mí me ha pasado muchas veces, siempre me pasa. Quiero quererte libremente, yo mismo. Todo lo que trata de detener mi amor, de hacerlo otro, de encerrarlo, ya sea una fórmula social, una caricia cerrada, o una costumbre, todo eso me mortifica y me hace huir. Pero tú sabes ya la clave del regreso: tu humildad, tu fe. Tú misma. No lo olvides. Sabes bien que mientras tú seas tú yo seré tuyo. Que giro alrededor de ti, que sólo en ti he encontrado paz y alegría. Y que muchas veces me voy, sólo porque quiero volver.

– 14 de julio de 1949

Querer de verdad, significa querer en libertad:

En realidad, tú no has sido nunca enteramente tú cuando estás conmigo. Algo te inhibe, te ata, te mutila. Ni siquiera en lo que dices hablas con entera libertad. A veces he pensado que me temes (una crítica, una censura, como si estuvieras delante de un maestro). Algo hay de ello. Temor en el fondo no es más que orgullo -el orgullo de no enseñar nuestra ignorancia. Pero hay también un no sentirse enteramente a gusto, es decir, un no entregarse totalmente. Temor, falta de confianza. Confiar quiere decir creer. Querer debe ser creer (creer que el que queremos no nos hará daño. Más concreto: que si yo te censuro no hay en mi censura ni doblez ni engaño, sino amor. Amar a una persona es corregirla, hacerla buena). Todo esto viene en ti desde pequeña. Nunca has sido libre; libre de ánimo, libre de voluntad, no de acción (la libertad de acción no la tienen el 90% de las mujeres… es toda la sociedad, la moralidad actual). Sin embargo, yo sé que de un tiempo a esta parte te aproximas a ti misma, a tu libertad. Y yo te quiero así: mía, pero tuya al mismo tiempo. Es cosa que has de alcanzar definitivamente. Yo recuerdo algunos momentos en que lo has alcanzado conmigo.

– 16 de noviembre de 1949

Finalmente, cuando ya no se puede soportar la ausencia:

¡Cómo me haces falta, cómo te quiero, cómo me estoy muriendo por ti, cómo me estás matando, amor, dulce mía! Jamás nadie se ha muerto tantas veces así. Te quiero con todas las partes de mi cuerpo, te quiero espantosamente, desoladamente, insoportablemente. Ya no puedo más. ¡Cómo es posible vivir sin ti! ¡De qué modo me eres necesaria, ineludible! Cadena de mi corazón, filtro mío, vida mía, te quiero, te quiero, oye que no puedo estar sin ti, te lo voy a decir por primera vez, que la vida me quite todo pero que me quedes tú, que pierda yo un brazo, las piernas, que yo quede ciego pero contigo, que yo me haga un miserable, un imbécil, un triste, pero contigo, amor, contigo. No puedo respirar, tú eres el aire, el agua, el pan, todo lo que vive; perdóname porque te quiero así, perdóname porque este amor me mata, porque este amor te matará diariamente a mi lado, perdóname porque estarás conmigo todos los días de mi vida, porque no te dejaré nunca, porque seré tu castigo y tu culpa, porque nos vamos a morir juntos. […] mira cómo me espanto de este amor, de este hierro al rojo sobre mi carne, porque tú eres mi marca y yo soy tu marca, ya te lo dije, clausuraste mi corazón, lo encadenaste, es tuyo.

¡Con qué locura te amo! ¡Qué atrocidad la de los días lejos! Enciérrate, amor, cuídate, cuídame tu cuerpo, guárdame tu boca, tu corazón, no salgas, que no te mire nadie, entrégame al regreso lo que dejé, intacto, sin sol siquiera, encerrado, de mis manos a mis manos. Yo ya no puedo más.

– 11 de mayo de 1950

¿Cuántos meses más?

Been there, read that (CLIV)

Los amorosos, Cartas a Chepita

Aut. Jaime Sabines

image_1165_1_212052Algo que en verdad amo de los libros, es que pareciera que el libro correcto llega en la etapa de la vida en que más lo necesitas. A Los amorosos, lo encontré en un botadero que de vez en cuando ponen en las inmediaciones de la Facultad en la que trabajo. Llegó justo cuando, al igual que Sabines, escribo misivas interminables a la que considero el amor de mi vida.

Como el título del libro lo indica, la obra es un compilado de cartas que Jaime escribió a la mujer con la que contrajo matrimonio, Chepita. Las cartas son del período previo al compromiso, cuando el poeta se encontraba en sus estudios universitarios; entre 1947 y 1951.

No hay mucho que decir o criticar. Lo cierto es que el genio poético de Sabines está impregnado en cada carta; supongo que el hecho de estar enamorado, le dio al escritor las armas que de por sí le sobraban para escribir con rigor y hábito. Lo que sí es interesante, es lo expuesto que queda el autor en sus letras; podemos ver a un Jaime temeroso y desesperado. Reclama constantemente las respuestas que no siempre recibe por correo y busca de forma periódica que su novia haga su voluntad en cuanto al aspecto físico y hábitos alimenticios.

Por supuesto, resulta difícil establecer juicios adecuados cuando sólo se tienen las cartas de una de las partes. Comprender también la época en la que se escribe, junto con los usos y costumbres, es importante pues uno se puede decantar hacia la crítica de ciertos patrones que hoy se considerarían inadecuados.

Si hay algo que no me gusta del autor y que se observa en varios de los fragmentos. Es su capacidad de mostrarse interesado en otras mujeres y contárselo a su futura esposa. Llámenme anticuado o tonto, pero no se le puede escribir tanto y con tanto amor a alguien para después presumir que besaste a tal o cual que conociste en una fiesta. 

En fin, también asumo que todas las historias de amor deberían tener los mismos ideales románticos que vemos en las películas de adolescentes. No necesariamente estoy en lo correcto. Y por cierto, hay partes sumamente intensas que sólo quienes han amado hasta con los dientes, entenderán. En verdad, me he sentido identificado todo este tiempo con tales sentimientos intensos. Con un poco de suerte, algún día podré publicar todas esas cartas que le sigo escribiendo a mi amada; y todos sabrán que a mi esposa la amé tanto o un poco más de lo que Jaime amó a Chepita.

 

Volver a enamorarme, volver a escribir

Hace más de un año que dejé de escribir en el blog. El deseo ahí estaba, pero la inspiración, ausente. Para ser exactos, llevo un año y cinco meses desde mi último esfuerzo. Pero algo pasó: me volví a enamorar. De la mujer más genial que he conocido en mi vida, de a quien llamo ‘insecta’.

Insecta es bella, sí; pero es tan diferente a mí. No conoce de los temas que habitualmente comparto con las personas a mi alrededor. Hasta antes de mí, ella no tenía idea de quién era Thanos; en su vida había escuchado sobre las Gemas Infinitas. Casi no juega videojuegos y son muy pocas las series y películas que tenemos como gusto compartido. Pero ella es bondad pura, después de los sismos del año pasado, se apresuró a prestar ayuda en pequeñas poblaciones, le aflige cuando las personas sufren, ama a los animales y busca siempre enorgullecer a sus padres. Ella tiene la sonrisa más perfecta; cuando sonríe, sus blancas perlas se asoman y cada uno de sus ojos toma la forma de una media luna con los piquitos apuntando hacia abajo, ambos se coronan de unas cejas prominentes que expresan todos y cada uno de sus estados de ánimo.

Cuando Insecta camina, el piso sonríe. La imagino como una maravilla de la vida que a su paso va pintando un mundo gris de colores. Cuando la veo, así sea de lejitos, mi alma sonríe y todo en mi vida es equilibrio. Cuando me mira(ba) me siento como el hombre más genial y maravilloso del mundo. Con ella soy más héroe que villano. Y cuando ella está feliz, yo también lo estoy; aunque una serie trágicos acontecimientos no me permita estar a su lado como yo quisiera, al menos no lo suficientemente cerca como para no provocarle conflictos en su vida.

Insecta me ha dado los momentos más felices que he tenido desde hace muchos años. Ha cantado conmigo, nos hemos emborrachado, la he abrazado por horas durante la noche, me ha preparado de comer, hemos hecho las compras de la semana juntos, me ha hecho enojar, me ha hecho reír como si no hubiera mañana. Insecta me hace querer ser el hombre de mis sueños y el de sus sueños. Insecta me hace creer que aún puedo dar más de lo que yo creo que puedo dar.

Un par de malas jugadas del destino me mantiene lejos. Como un espectador que contempla a su deportista o artista favorito y que se ve forzado a sólo observar el espectáculo sin tener la capacidad de participar en éste. Insecta vive, estudia, trabaja, sonríe, comparte, ama; y todo esto lo hace conmigo en la distancia.

Insecta es la mujer de mis sueños, al menos lo sabe porque pude decírselo hace un par de semanas. Han pasado casi cinco meses desde la última ocasión en que la vi llorar. Cinco largos meses en los que comencé a escribir de nuevo. Le escribí casi cada tercer día, una bitácora de mis sentimientos y nuestros recuerdos. Apenas hacen dos semanas desde que terminé esas 180 páginas que enmarcan mi corazón. Y ahora, siento nuevamente la necesidad de escribir.

Insecta hizo que yo quisiera enamorarme de nuevo, me enamoré de ella y la amo con cada minúsculo fragmento de mi ser. Pero también hizo que amara la escritura nuevamente. Y estoy de vuelta. Escribiendo parte de nuestra historia y de mi día a día que dedico en su honor. Gracias, Insecta, por devolverme una parte perdida de mi ser.

 

Been there, read that (CLIII)

Campeón gabacho

Aut. Aura Xilonen

campeon-gabachoAunque no lo parezca, me perturba mucho no tener la posibilidad de mantener actualizado mi blog, es como un compromiso conmigo mismo que está siempre en mi mente y que nunca puedo cumplir porque o tengo demasiado qué hacer entre mis tres “trabajos” o cuando tengo tiempo lo ocupo para otras actividades prioritarias que no puedo realizar por la causa inmediata anterior. En fin, pasaré a platicar de uno de los últimos que leí antes de verme inmerso en temas de tesis y laborales, ya tiene más de dos meses desde que lo tuve en mis manos.

Sobre la obra de Aura Xilonen, que a propósito estudia su licenciatura en un edificio contiguo a otro en el que estudio el Doctorado, puedo decir que me dejó un sabor agridulce. Dulce porque la narrativa de la historia te permite imaginar toda una producción cinematógrafica alrededor de ésta, muy al estilo de la primera película de Rocky: un perdedor que obtiene oportunidades en los lugares más insospechados, enamorado de la chica que él cree inalcanzable mientras brinda esperanza a quienes más la necesitan. Es agria, porque a medida que te acercas al final de la historia, ésta se acelera y concluye con un estilo de “continuará” que deja todo a la imaginación y no brinda una conclusión que provoque satisfacción.

Después de tantos “camejanes” y “camaweyes”, uno jamás sabrá si nuestro héroe se queda con la chica, si obtendrá una pelea por el título, si obtendrá los medios para ayudar a los niños de la casa hogar, en resumen, nada. Aunque es obvio que no todas las historias concluyen con un “felices para siempre”, lo cierto es que se siente como algo trunco, más forzado que dejado así por elección de la escritora.

Tal vez ya no es el tipo de literatura que debería buscar. Los cierto es que la disfruté mucho, el manejo del lenguaje “de barrio” de la poblana es más que excelente y te sumerge de lleno en las tribulaciones del mojado que se gana la vida como ayudante en una librería. Vale la pena, sí, mucho, lo recomiendo, aunque con algunas reservas que incluso compartí con mi padre.