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Archive for the ‘Reflexión’ Category

El dolor que provoca el ser amado

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Rescato esta pieza de diálogo de la segunda temporada de Daredevil, capítulo 11. El Punisher bebe una taza de té en un pequeño restaurante mientras conversa con Karen Page. Tras insinuar que reconoce que ella ama a Matt Murdock, ella se coloca a la defensiva, alegando que no quiere tener cerca a Matt puesto que es una persona que finalmente la lastima, la destruye y pisotea a través de sus acciones. Acto seguido, Punisher le recrimina lo estúpido que puede ser alejarse de las personas a las que amamos por el simple hecho del daño que nos hacen:

Look, I might generally be considered out of my skull, so this might not mean much, but this could be the craziest, most batshit thing I’ve ever heard in my life. People that can hurt you, the ones that can really hurt you, are the ones that are close enough to do it. People that get inside you and… and… and tear you apart, and make you feel like you’re never gonna recover. 

Shit. I’d– 

I– I would chop my arm off right here, in this restaurant, just to feel that one more time for my wife. My old lady, she didn’t just break my heart. She… She’d rip it out, she’d tear it apart, she’d step on that shit, feed it to a dog. I mean, she was ruthless. She brought the pain. But she’ll never hurt me again. You see, I’ll never feel that. You sit here and you’re all confused about this thing, but you have it. You have everything. So, hold on to it. Use two hands and never let go.

You got it?

(Mira, tal vez me consideren un lunático, así que esto puede no significar mucho, pero lo que dices es un delirio absoluto. Las personas que pueden lastimarnos de verdad, son las que tienen la intimidad para hacerlo. Personas que entran en nosotros, nos destrozan y nos hacen sentir que nunca vamos a recuperarnos. Mierda. Me cortaría el brazo ahora mismo, en este restaurante, para poder sentir eso una vez más por mi esposa. Mi mujer no sólo me partía el corazón. Lo arrancaba, lo destrozaba, lo pisoteaba y se lo daba de comer a un perro. Era despiadada. Causaba mucho dolor. Pero no volverá a herirme nunca más. Nunca volveré a sentir eso. Tú estás aquí sentada y confundida por las acciones del tipo, pero lo tienes. Tienes todo. Así que no lo pierdas. Usa las dos manos y no lo sueltes nunca, ¿entendido?)

Las coincidencias de un final de temporada

Tiene un muy buen rato desde la última vez que me tomé un tiempo para publicar en el blog. Mi entrada al doctorado ha vuelto muy difícil la administración de mi tiempo y, ciertamente, aprovecho los pequeños espacios vacacionales para ponerme al día con mis series, videojuegos, cómics, libros, escritos y películas; ese es el caso de la presente entrada.

Justo acabo de disfrutar del final de la primera temporada de la serie de Daredevil y aunque es algo tarde, no me quise quedar sin compartir algo que me hizo sentir cosquilleos en el interior de mi cuerpo. Daredevil es una serie maravillosa, leí tantas reseñas de fans que la aclamaban, que desde hace varios meses planeaba verla; el destino quiso que la viera justo hasta este fin de semana en el que me di la oportunidad de disfrutar de las cosas para las que no dispongo de tiempo en temporada de clases. A pesar de que también existen quienes la consideran aburrida, supongo que la serie me provoca un feeling especial cuando veo trasladadas todas esas historias de superhéroes con las que sueño al televisor (o pantalla, pues); a pesar de mis 30 años de edad, jamás he dejado de fantasear con ser el superhéroe que salva el día, que protege a los inocentes, que es aclamado por todos, que se enfrenta al mal que no puede ser dominado a través de los medios convencionales. En fin.

Hubo dos grandes coincidencias (alerta de spoiler para quien no ha visto la serie) que me hacen amar la idea de éstas y de que a veces recibimos señales inesperadas.

Primero, después de mucho esfuerzo, Daredevil logra mantener a salvo al testigo que finalmente mostrará al mundo el monstruo que es nuestro futuro Kingpin, Wilson Fisk. Una vez que vemos el inicio de la declaración del testigo ante el FBI, comienza una secuencia de escenas que muestran cómo cada uno de los implicados en los crímenes de Fisk son capturados por las fuerzas federales; todo esto, en escenas de cámara lenta que se hace acompañar de una pieza musical: Nessum Dorma.

Y es aquí donde la coincidencia hace su aparición, pues es Nessum Dorma una de esas piezas musicales muy especiales para mí y que en la mayoría de ocasiones que llega a mis oídos, me hace lagrimear. “Que nadie duerma” recita el tenor, narrando la historia de la cruel princesa Turandot, que le dará su mano en matrimonio al príncipe cuyo nombre no conoce; “al alba venceré” recita el príncipe cuando sabe que al primer rayo de sol habrá ganado. Una descripción perfecta de mi necedad de enamorarme de princesas crueles, y una grata sorpresa en este final de temporada.

Segundo, considero que una coincidencia es más fuerte si viene acompañada de otra que la vaticina. En este caso, la pieza musical sólo fue el anuncio de aquello que me dejó helado. Soy creyente, no entraré en detalles pero lo soy y asisto a misa la mayor parte de los domingos del año. Pues bien, antier asistí a la celebración dominical y una de las lecturas fue la muy conocida parábola del buen samaritano. Cuál ha sido mi sorpresa en este final de temporada, Wilson Fisk es arrestado y puesto a resguardo en un vehículo del FBI. Durante el traslado, Fisk se dirige a los dos uniformados encargados de vigilarlo y tras admitir que no es religioso pero que “ha leído partes de la biblia por curiosidad”, decide narrarles una historia… la parábola del buen samaritano.

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No lo sé, a veces creo que las coincidencias son demasiado bellas como para ignorarlas. ¿Cuál era la posibilidad de que viera este final de temporada justo un día después de otro día en el que por poco y no asisto a misa a escuchar la misma historia que el villano narra? A pesar de que tuve la serie completa en mi computadora durante meses fue hasta esta semana en que decidí verla a través de una cuenta de Netflix que me compartió una persona a quien le dediqué el Nessun Dorma como balada por nuestro amor; unas horas antes me preguntaba qué de diferente tendría mi vida si decidiera cruzar umbrales que me acercan más a lo obscuro que a lo claro de mi personalidad.

Coincidencias, destino, eventos no correlacionados, sólo coincidencias. Si el Kingpin decidió ser el mal que asaltó al hombre herido al que el buen samaritano cuidó, ¿qué es lo habré de decidir el día en que se me presente esa opción?

Why I fight

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Me encuentro leyendo la autobiografía de Ronda Rousey, campeona peso gallo del UFC, recientemente nombrada como la “atleta más dominante del planeta”. Nunca he sido su fan, tal vez la apoyé en su primer pelea pero después de ver su actitud y personalidad en un reality show, terminé siempre apoyando a sus rivales en cada pelea (a pesar de que a todas les ha pasado por encima). Admito que, en efecto, es una de las principales figuras de mi deporte favorito y, como tal, reconozco cada uno de sus logros (si no, no leería su autobiografía).

De cualquier modo, al comenzar la lectura del libro me enamoré de inmediato del primer capítulo, titulado ‘Why I fight’, pocas veces me he visto tan reflejado. En este primer capítulo, que sirve a modo de introducción, ‘Rowdy’ nos explica porqué pelea. Definitivamente, peleo por las mismas causas que quiero compartir:

I am a fighter.

To be a fighter, you have to be passionate. I have so much passion, it’s hard to hold it all in. That passion escapes as tears from my eyes, sweat from my pores, blood from my veins.

So many people assume that I’m cold and callous, but the truth is you need a big heart to fight. I wear my heart on my sleeve, and I have had it broken too. I can compete with broken toes or stitches in my foot. I can take a hit without batting an eyelash, but I will burst into tears if a sad song comes on the radio. I am vulnerable; that’s why I fight.

[…] Some lost battles are small. Getting cut off in traffic. Taking shit from a boss. The everyday slights that drive us up to the edge. Some lost battles are life altering. Losing someone you love. Failing to achieve the one thing you have worked hardest for.

[…]

I fight to make the people who love me proud. To make the people who hate me seethe. I fight for anyone who has ever been lost, who has ever been left, or who is battling their own demons.

[…] Life is a fight from the minute you take your first breath to the moment you exhale your last. You have to fight the people who say it can never be done. You have to fight the institutions that put up the glass ceilings that must be shattered. You have to fight your body when it tells you it is tired. You have to fight your mind when doubt begins to creep in. You have to fight systems that are put in place to disrupt you and obstacles that are put in place to discourage you. You have to fight because you can’t count on anyone else fighting for you. And you have to fight for people who can’t fight for themselves. To get anything of real value, you have to fight for it.

I learned how to fight and how to win. Whatever your obstacles, whoever or whatever your adversary, there is a way to victory.

Here is mine.

Jamás me sentí tan identificado con una persona que sigo sin apoyar en el sentido héroe-fanático, pero que me invita de grandiosa manera a adentrarme en las páginas que ha escrito sobre su vida y logros hasta el día de hoy. Yo también lucho todos los días, mi corazón también desborda pasión y en verdad me esfuerzo por impresionar y hacer que las personas a las que amo se sientan orgullosas de mí.Y no, yo no me rindo.

La eterna batalla: razón contra corazón

No ha pasado ni una semana desde el último día en que la vi. Sopeso las opiniones (que por supuesto, tienen un peso muy pequeño en la ponderación) contra mis recuerdos; mis emociones contra los razonamientos; mis perspectivas en contra de los hubieras. Qué difícil es decirle adios a alguien que te hace sentir esos torbellinos emocionales que nadie más te brinda. Qué difícil es imaginar que puedes encontrar a alguien mejor a la vuelta de la esquina, cuando durante meses y meses no lograste encontrar la esencia de sus labios y el aroma de su cabello en nadie más, ni hablar de sustitutos, no los hay.

Sopesando, me encuentro, en el medio de una eterna batalla entre lo que mi razón (que no menosprecio después de todas esas victorias intelectuales que me ha dado) ha decidido y lo que mi corazón no cesa de añorar. Trato de ponerme en mis propios zapatos, trato de ponerme en los zapatos de Dulcinea, trato de ponerme en el papel de espectador, trato de pensar afuera de la caja y también trato de pensar como si no hubiera caja.

Y mientras pienso, en cada momento está el corazón, ahí puesto. Todas esas pasiones que se derraman, cuando escucho o leo su nombre, me abruman. Y entonces la pregunta que no deja de apuñalarme día tras hora: ¿por qué?

¿Por qué pasó lo qué pasó?

¿Por qué pareciera que nada de lo que hago es suficiente?

¿Por qué ella actúa como actúa?

¿Por qué no dejo de mirarla y pensar en futuros que poco a poco se vuelven más inalcanzables?

¿Por qué?

Y es que las respuestas se disfrazan como golpes al ego, como orgullos en choque, como sentimientos despreciados. Busco y busco, y no encuentro. Quiero alejarme y corro, pero no dejo de desear el quedarme. Pienso en los buenos momentos y los comparo con los malos, coloco en un lado de la balanza sus palabras y acciones, esas que hablaban de un verdadero amor y sentimiento, y en el otro aquellas malas actitudes, feas contestaciones y actos de ignorar mi existencia… y nada, la balanza no se mueve ni para un lado ni para el otro.

Y mi razón me dice, de la manera más dura, ‘pendejo, eres pendejo si te quedas, ¿qué más necesitas de prueba?’, y parece tener razón la razón. Pero cuando el individuo que soy, comienza a seguir a la razón en busca de nuevas causas, se coloca frente a nosotros el corazón, ese órgano que parece un puño ensangrentado pero que lo idealizamos como la representación de todo lo bueno; y dice el corazón ‘no renuncies, sabes que es ella lo que siempre buscaste, ¿acaso creíste que sería fácil?’. Entonces mi existencia se divide en dos: la parte que sabe que llegó el momento, que hasta para el hombre más enamorado hay un punto en el que ya no tiene por qué soportar más; y la parte que dice, no, todavía hay más, después de tantas cosas que han pasado es como cerrar el libro imaginando un final y que no es el sorpresivo que leerás.

Ser necio o incansable; ser inteligente o cobarde. Y son estas batallas las que no me dejan en paz y que me agotan cada día. Cuando contemplo su indiferencia y mi soledad, su indignación y mi tristeza, su forma de hacerme sentir culpable aun cuando tenga los motivos para molestarme.

Y pienso que no la quiero dejar sola nunca, pero pienso que es lo mejor para que ella se dé cuenta de las cosas. Y pienso que a lo mejor nunca se da cuenta o que se dará cuenta pero jamás lo aceptará. Y pienso en que puedo estar con cualquier otra mujer que yo quiera, pero pienso que no quiero a otra. Y salgo con tantas opciones que desee cosechar, y no puedo dejar de añorar la forma en que sólo ella me hace vibrar.

Tiempo al tiempo, lo que ha de ser será, si es para ti regresará, ya encontrarás algo mejor, no se merece tu amor, déjala respirar, tal vez en otra ocasión, deja que las cosas se acomoden solas, sigue luchando si te hace feliz… frases y refranes por todos lados, consejos, enojos, conflictos, y todo, absolutamente todo deja de tener significado.

Y yo, ¿qué hago? 

La coma vocativa

Comparto, a continuación, este texto que encontré en Letras Libres y que me identificó. Todos los derechos pertenecen a la revista y a su autor:

Por José Israel Carranza

Toda causa a la que nos adscribamos para luchar por ella puede no ser otra cosa que la mera exacerbación de una neurosis. Aun a sabiendas de ese riesgo, yo estoy a punto de comenzar a batirme por una causa que encuentro urgentísima –además las causas dignas no solo escasean, sino que suelen estar ya defendidas por otros mejores que uno, y esta, me temo, nadie se la ha planteado todavía: razón de más para alarmarse y actuar–. Pongámoslo así: hay signos ominosos que anuncian el resquebrajamiento de las civilizaciones, y su poder es más destructor debido a que pasan inadvertidos hasta que es demasiado tarde. Así veo la extinción en curso de la coma vocativa: como la grieta en la represa que nos preserva de la catástrofe. ¿Vamos a dejarla sin restañar?

Otrora indispensable en el idioma español antes y después de todo vocativo (“Te voy a matar, infeliz”, o “Gordita, ¿ya acabaste?”), no hace falta consultar una gramática para reconocer el servicio que esta coma brinda a la mínima claridad y la evitación de malentendidos (no es lo mismo “¿Quieres un café, viejo, negro y cargado?” que “¿Quieres un café, viejo negro y cargado?”). Pero como quizás los malentendidos no sean tan probables en las fórmulas de saludo con que encabezamos nuestras comunicaciones, parece que viene a dar lo mismo ponerla o no: al leer “Hola, Tobías” u “Hola Tobías”, lo más seguro es que Tobías entienda igual, y pase a lo que sigue. Incluso si lee “ola tovias” podrá seguir quedándole claro –aunque acaso se sobresalte, si algún escrúpulo guarda, o tal vez no le importe y responda “ola jorje”, especialmente si la comunicación ocurre a través de los diminutos teclados de sendos smartphones en los que a tovias y jorje les dé infinita pereza poner ningún cuidado–. No pretendo incurrir en las acusaciones apresuradas que tienden a lanzarse contra las llamadas nuevas tecnologías cuando se habla de la inobservancia creciente de la corrección en la escritura: prefiero creer que tanto trabajo cuesta teclear bien como teclear mal –sobre todo en las pantallas táctiles, aptas solo para los gnomos y no para los dedos humanos, máxime si estos van decorados con uñas de pulgada y media o si sostienen al mismo tiempo el volante del automóvil y un Frutsi–; sin embargo, sí reconozco que la alta velocidad de los intercambios de mensajes o correos electrónicos tiene el efecto pernicioso de inducirnos a la rapidez (y la malhechura) al redactarlos: puesto que el destinatario de mis palabras puede recibirlas al instante incluso si se halla en las antípodas, yo las escribo a la carrera, como si así fueran a llegar más rápido, desprevenido de que el vértigo empieza solo hasta que pulso la tecla Send.

Ya se sabe que la añoranza de tiempos mejores únicamente conduce a proscribirse del presente: quien encuentre preferible un pasado donde la gente sabía saludar como la gente, bien puede ir resignándose a quedar cada vez más solo para rumiar de modo maniático su irritación. Eso es lo que yo obtengo con cada salutación que se me dirige sin la coma debida, no importa cuál sea el grado de educación, formal o informal, demostrable o presumible, de mis corresponsales. (Quizás deba rebuscar en los sótanos de la infancia la conminación imborrable de la maestra empeñada en no dejarnos consentir jamás esa infracción: ni permitírnosla ni perdonarla. ¿Cómo logró inocularme esa aprensión, cuál argumento irrebatible habrá usado, de qué terrores se habrá valido para condenarme a poner la coma siempre y sufrir siempre que no la viera? Quizás sea mejor no bajar a esas oscuridades.) Cuán desmerecido debo hallarme en la opinión de mi remitente, me da por suponer, si leo que en su saludo pega mi nombre al “Hola” sin siquiera haberse planteado la alternativa: ¿qué trabajo le costaba pulsar una tecla más? Enseguida lo disculpo: en este mundo podrido, donde el acatamiento de las normas de la lengua puede tenerse por ornamental y accesorio y frívolo dadas las condiciones de urgencia y amenaza constantes en que sobrevivimos, quién va a tener la paciencia de preguntarse si escribe bien o no; además, no hay que perder de vista la catástrofe inveterada de la educación básica en México. No obstante, como también –aunque excepcionalmente– hay quien sí pone la coma (y yo mismo la pongo siempre, maestra, se lo juro), acabo por concluir: nada justifica su ausencia. Y cedo a una mezcla de rabia que se trueca en consternación: ¿por qué hemos terminado en esto?

“La corrección lingüística es la premisa de la claridad moral y de la honestidad”, observó Claudio Magris en un pasaje deMicrocosmos. Aunque aparentemente sea una aseveración desmedida, abusiva (habrá santos que escriban con las patas, así como villanos de prosa esmeradísima), es inobjetable si se piensa que el menosprecio de la corrección es indicio de la corrupción del trato que la exigía. Quiero decir: si se ha dejado de usar la coma vocativa es porque, en el fondo, el trato social está tan descompuesto que se le da cauce de cualquier modo y sin el menor respeto por el otro. La confusión y la boruca prosperan gracias a lo enturbiada que está nuestra consideración de los demás y, en consecuencia, nuestra comprensión de nosotros mismos como partícipes de una realidad en la que estamos entendiéndonos cada vez peor, sin ninguna claridad moral. Y no solo por escrito. Si hemos podido prescindir de esa mínima deferencia, ¿qué nos espera? Empezamos por perder esa coma y terminaremos valiéndonos solo de gruñidos. Y es que lo más preocupante acaso no sea la progresiva omisión de la coma vocativa, sino que nadie parezca echarla de menos. “Por eso también una sola coma en el sitio equivocado”, seguía diciendo Magris, “puede acarrear desastres, provocar incendios que destruyan los bosques de la tierra”. Y yo añadiría: la ausencia de una sola coma. ~

Fuente: Letras Libres

2015: Apertura

Oficialmente en 2015, es hora de establecer algunos objetivos que tengo para el nuevo año. He dejado de pensar en propósitos; por el contrario, he decidido inclinarme por pequeños detalles que deseo hagan más interesante mi vida y que la enriquezcan.

– Lanzarme en paracaídas y aventarme en un bungee. Ahorita que se puede, son dos actividades que por muchos años he querido hacer, este año es el bueno.

– Aprender a bailar salsa y cumbia. Un objetivo que me planteo cada año y que nunca cumplo, ahora sí me urge para antes de julio.

– Ser mejor profesor. Si bien la mayoría de mis alumnos me quieren, es necesario que mejore muchas cosas, debo ser más receptivo, preparar mejor mis clases y seguir siendo el profesor que apoye a sus estudiantes y les brinde toda la ayuda posible para que mejoren y logren sus metas, deseo ser un modelo a seguir.

– Imprimir mi primer libro. El manuscrito ya casi está, el final me da mucha lata porque no me he decidido a escribirlo, con todo, es cuestión de hacer correcciones, recortar texto innecesario y tocar puertas para que el sueño se haga realidad.

– Doctorado. Para finales de año sólo habrá de dos sopas: O ya metí mis papeles y estoy esperando resolución, o ya comencé a estudiar el siguiente grado académico, no hay más.

– Ser una mejor pareja. Si bien el 2014 resultó ser un año de altas y bajas, mi vida amorosa ha girado alrededor de la única mujer que me hace sentir vivo; muchos de los fallos se deben a mi incapacidad de crecer para dejar de ser un niño y convertirme en un hombre en toda la extensión de la palabra. Debo dejar los celos y la posesividad de lado, debo dejar de presionar la cosas y,simplemente, dejar que todo se ponga en su lugar a través del tiempo, dejar que lo que tenga que ser, sea.

En general, creo que tengo buenas metas y con algo de suerte, perseverancia e intervención divina, dentro de 364 días podré decir: Otro gran año lleno de objetivos cumplidos.

No more bullshit!

Sobre la confianza y el dolor

12 diciembre 2014 1 comentario

Rescato dos piezas de diálogo de una serie que he estado disfrutando bastante; en la primera, el protagonista reflexiona sobre los dos tipos de personas en las que podemos poner nuestra confianza; en la segunda, un ángel le pregunta a uno caído cómo es el dolor, me encantó la forma en que lo describió.

Confianza

I suppose it could be liberating to take a leap of faith, to shrug off the burden of proof for the promise of hope. It takes trust to turn darkness to light. And those who trust risk putting their faith in the wrong hands. For there are those who pray for you… and there are those who prey on you.
And no matter how careful you are, sometimes you just can’t tell the difference.

(Supongo que podría ser liberador el dar un salto de fe, intercambiar la carga de la prueba por la promesa de esperanza. Se necesita confianza para convertir la obscuridad en luz. Y aquellos que confían, se arriesgan a poner su confianza en las manos equivocadas. Pues hay quienes rezan por ti… y hay para quienes eres presa. Y no importa qué tan cuidadoso seas, a veces no puedes encontrar la diferencia.)

Dolor

—What’s it like? Pain.
—It comes in waves. You feel helpless. You can’t fight it. It becomes about making it to the other side, shrinking your world down to one fine point. When that wave melts away, you feel relief. Just for a moment, ‘till it comes back to remind you.

(—¿Cómo es? El dolor. —Viene en olas. Te sientes indefenso. No puedes combatirlo. Se trata de llegar al otro lado, de encoger tu mundo a un punto fino. Cuando esa ola se desvanece, sientes alivio. Sólo por un momento, hasta que regresa para que lo recuerdes.)