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En busca de una última página

27 octubre 2009 2 comentarios

Y con un largo análisis de la trigésima tercer estrategia de la guerra, titulada Siembra incertidumbre y pánico con actos de terror, llegué, hace un par días, al término del último libro que poseía y no había tenido la oportunidad de leer. Y es en estos días cuando la necesidad y hambre de lectura me han atormentado como en pocas ocasiones lo han hecho, debo decir.

LAS 33 ESTRATEGIAS DE LA GUERRA

No me voy a poner a dar reseñas o a aburrirlos con síntesis innecesarias. Escribo y procederé a narrar mi historia de lector de los últimos meses, pues se me ha hecho curiosa la forma en que se ha desarrollado per sé, hasta el día de hoy.

Siendo un admirador de la Alemania de 1940, mi biblioteca personal se destaca por contar entre sus filas con títulos como Los Verdugos de Hitler, Historia de las SS, Mi Lucha, Los Nazis en México, El Papa de Hitler, Führer, entre otros; sin embargo, para cuando terminé de leer Mein Kampf, a mis manos llegaron los ejemplares de 3 novelas bajo las que se basó mi videojuego favorito: Halo. Debo admitir que eran las primeras obras de ciencia ficción que acparaban mi atención, fue tanto así que tardé mes y medio en leer las tres en su totalidad.

Tras ese período, llegó a mis manos la obra Amos de la Guerra; por primera vez, leía sobre Churchill, que hasta ese momento pensaba era un inglés cobarde que sólo tuvo la oportunidad, lo sigo creyendo jaja. Tras culminar dicha obra, a través de mi querida Ame, llegó El Azote de Dios. Debo admitir que al jugar Age of Empires, mi admiración por las campañas bélicas de Atila era bastante grande; gracias a este libro, tuve la oportunidad de soñar, en repetidas ocasiones, los asedios hunos hacia un imperio romano dividido y atemorizado. Podía sentir las flechas que zumbaban al pasar juntos a mis oídos y escuchaba los tenebrosos aullidos de dolor provenientes de los soldados que fueron alcanzados por el contenido de un caldero con restos de sopa hirviendo.

Hunos

Se acabó la ilusión y me hundí en una época de revistas y folletos, lo que tuviera al alcance de la mano en el baño. Hasta que un día, gracias a la buena aventura de compartir el departamento con uno de mis mejores amigos, tuve a la mano una copia del último libro de la serie escrita por J. K. Rowling: Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte. Ahora bien, no me juzguen, en algún momento dije que nunca leería un libro que fuera leído por “el montón” por el simple hecho de estar en los cines; ahora, debo admitir que, con hojear  algunas páginas, quedé capturado.

Fue tal mi interés, que en tan solo dos semanas, leí por completo aquella obra que, debo admitir, me dejó un muy buen saber de ojos. La última película me gusto, pues al no haber leído ninguno de los libros anteriores, pude llegar a conclusiones que el resto del público parecía desconocer. Demonios, quisiera poder crear alguno horrocux’s.

Una vez terminada mi estadía en la bella República de Cholula, encontré aquel libro del que pude hablar en la introducción. Ahora espero y busco, pues ya llevo un par de semanas sin nada que leer, y ese es el problema, pues busco una nueva última página que leer. Después de morir, como buen pescado, por la boca, estoy pensando en darle una oportunidad a las Crónicas de Narnia, o incluso, a Crepúsculo (sic).

Epílogo: Aunque debo decir que no me atraen, en lo más mínimo, los vampiros gay.

Vampiro Gay

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Discursos: Noveno aniversario de La Catarina

Queridos lectores, una de las cosas que más me apasionan, es el valor de las palabras. Soy del tipo de personas que se encienden al escuchar lo que los líderes tienen que decir, el aliento que pueden dar antes de la gran batalla, las oraciones que concluyen una larga guerra. Es por eso que trataré de postear aquellos discursos que alguna vez me hicieron llorar, pelear o mejorar. Inauguro este primer post, de la temática antes mencionada, con el discurso que tuve el honor de dar el miércoles 11 de marzo del 2009 ante autoridades y colaboradores del periódico universitario donde llegué ser editor:

Logo

En el momento en que tuve la oportunidad de ser elegido como editor sabía que, si todo lo que sucediese a partir de ese momento sucediera como sucedió, llegaría el día, como lo es hoy, en que me tuviera que poner de pie frente a personas que en su momento no imaginé. Me refiero a ti, a ti, a todos ustedes compañeros de armas, de pluma, de computadora y de diseño; de autoridad y de festejo. Me refiero a todos los que en este día me acompañan, que acompañan a La Catarina, que nos hacen compañía. Me refiero a los presentes y a los no presentes; a los que luchan, a los que no conozco y a los que aún no he llegado a conocer.

                Estoy aquí frente a ustedes y realmente no sé qué decir, tengo que dar unas palabras pero, más que palabras, es un discurso el que he llegado a preparar. Es decir, mi vida se desarrollo bajo la admiración de ídolos personales: algunos buenos, otros totalmente deplorables; unos reales y otros ficticios nacidos de una imaginación ajena. Pero no eran las personas quienes recibían realmente esa admiración, la recibían sus actos, sus acciones y, por encima de todo lo demás, sus palabras. Esas palabras que, convertidas en discursos de paz o de guerra, de amor o de odio, de verdad o de mentira;  brindaban esperanza, amor, calidez, victoria o a veces todo lo contrario a los valores mencionados.

                Crecí bajo el fuego cruzado de mensajes de odio, opresión y totalitarismo, contrastados con palabras esperanzantes, llenas de amor y libertad. Y es ahora que me doy cuenta de que un discurso no es algo que se planea o se escribe algunas horas, días o incluso semanas antes del momento en que uno se pone de pie y se dirige a sus amigos, compañeros, colegas y autoridades.

                Pero, ¿Qué decir en este breve discurso con el que ahora me dirijo a ustedes? Muchas cosas están dichas y grandes ideas han quedado ya plasmadas en editoriales, notas y columnas. ¿Qué es lo que vale la pena mencionar en este día que bien podríamos tomar como un miércoles cualquiera? Recordando que un domingo cualquiera puede llevar el partido de nuestras vidas. ¿Qué es lo que se vale decir, qué es lo que no se vale decir? Atacar, defender o permanecer neutrales ante el mundo que nos rodea.

                Aún no lo sé, sin embargo, sí sé lo que quiero decir y por lo que doy gracias. Quiero decirles que La Catarina nunca ha estado más viva, que nunca ha tenido tantos colaboradores como los que tiene hoy en día, que los esfuerzos que todos y cada uno de los que nos hemos encontrado trabajando por ella poco a poco valen la pena.

                Pero creo que hablar del trabajo que se ha realizado simplemente sonaría a presunción y detalles adornados por juicios de valor. El impreso de cada semana demuestra la dedicación de los muchachos y creo que es mejor cada semana. Esta semana no es la excepción, y cada vez me siento más orgulloso de quienes han dejado de lado tantas cosas con tal de hacer una última revisión, un último cambio, una última corrección.

                Se han dejado de lado los juicios y se ha reafirmado una libertad de expresión y de prensa que se mantienen neutrales ante el lector. La historia ya es conocida, y aquellos que no la conocen tienen la oportunidad de saberla a través del número que conmemora la fecha en que el periódico vio la luz por primera vez. Como lo he dicho, mucho de lo que podría seguir diciendo, se ha dicho ya.

                Ahora bien, puedo decirles porqué doy las gracias este día. Doy las gracias por haber tenido la oportunidad de trabajar en el primer y más grande periódico universitario del país; doy gracias por haber sido parte de la etapa más difícil y criticada en la vida del pequeño insecto; doy gracias por las jornadas de diseño, las de armado y las de repartición. Y principalmente, doy gracias porque La Catarina me dio la oportunidad de trabajar y conocer grandes personas, grandes amigos, grandes hermanos.

                Es el consejo editorial, siempre cambiante, siempre unido; el que merece el honor que se ha ganado. No me puedo quejar de absolutamente nada, Dios no pudo poner en mi camino a personas más geniales: Elias, que con sus psicoanálisis de cada semana y su ejército de monos, supo poner siempre en jaque hasta al más anarquista de los editores y asesores; Juan Pablo, que en su porte eclesiástico llevó siempre el conocimiento a través de los milenios; Adriana, (Adriana, Adriana) me desesperó tanto y sin embargo no hubo un día en que no se preocupara por el más mínimo detalle de su sección; Marcela, una mujer que llegó por obra de un águila devora serpientes y que nunca se quedó callada; Naty, una dama con gran furia contenida y desesperación inesperada; Arturo, siendo el más nuevo, se convirtió una adición que con amabilidad eterna bien se recibió; Alexis, sin ella no sabríamos el significado de la palabra alimento y es así como siempre la recordaremos; Ari, la diseñadora que nunca tuvo reparo en babosear a los demás; Angie, cuál perico siempre en la parte más alta de las sillas y los bancos, no ha dejado nunca de lado unos estatutos que parecieran nunca ser firmados; Osvaldo, el más callado del grupo, líder de un trío de ingenieros sedientos de tecnología y bebidas embriagantes por igual; René, un viejo conocido que nos llegó a brindar esta oportunidad sin igual; y por último Jorge Cuautle, ¿Qué puedo decir? Gracias Cuautle.

                Como consejo editorial, como equipo nos hemos sabido mantener y apoyar, las riñas internas pudieron ser muchas y, sin embargo, nunca obstruyo ese sentimiento de camaradería que nunca se ha dejado de respirar en el aire.

                Debo mencionar también a nuestros asesores, que lejos de serlo fungieron como ese apoyo que sólo un padre puede dar a sus hijos. Primero al Doctor José Loyola, que nos dio la oportunidad de ponernos una camiseta que decía vice rectoría y nos dio la oportunidad de conocer el trabajo de quienes en el mundo de afuera nos brindan las noticias día con día. Después a mi buen amigo Juan Carlos Reyes, que llegó a darnos ese último empujón que se requiere cuando la esperanza comienza a perderse y que ha sabido ganarse el respeto y la admiración de quienes con él conversamos. Hay más personas a quienes agradecerles, pero provocaría olvidos y malos entendidos el tratar de recordar todos y cada uno de los nombres que conforman esa larga lista que bien podríamos llamar blanca.

                Sí hay mucho que agradecer y mucho que trabajar aún. No somos perfectos y tratamos ser lo más profesionales posible. Como todos los ciclos que se abren y cierran, el día de hoy celebramos, el día de mañana seguiremos trabajando y el día posterior a este muchos nos habremos ido. Decía una antigua canción que el chiste no era llegar hasta arriba, sino quedarse ahí toda la vida; y me doy cuenta de que una vez que has estado en La Catarina, lo seguirás estando toda la vida y es eso lo que vale la pena al final del día.

                Cierro ahora este discurso agradeciendo a todos ustedes, una vez más, el habernos acompañado. Deseándole a La Catarina un feliz aniversario y deseándole muchos más. Agradezco a Dios el permitirme estar aquí esta noche y a mis compañeros por darme el honor de haber trabajado, peleado, escrito, reporteado, corregido, diseñado, convivido, amado, odiado, comido, gritado, reído, llorado y aprendido a su lado.

Gracias.

Ángel Tejeda Moreno, Editor en Jefe del periódico universitario La Catarina, Primavera 2009

Catarina 9

Road Trip: En algún lugar de Michoacán

Y bueno, que entre todos esos rutinarios días desde que “comencé” a  hacer la tesis, llegó un fin de semana donde hubo la oportunidad de ir a pueblear (creo que así le dicen) y pues terminé en uno de los muchos “pueblos mágicos” de nuestro bello país. En esta ocasión, hablamos de Tlalpujahua, Michoacan.

Tlalpujahua

Debo admitir que es realmente recreativo y relajante pasear por las inclinandas y, minuciosamente, empedradas callejuelas. Despertar de una noche fría y ver como la luz del sol atraviesa la ligera neblina que recorre las calles durante la madrugada. Por las noches, beber un poco de atole de chocolate en los puestecillos que se levantan en las cercanías de la enorme catedral que sobresale en medio de la obscuridad y resalta con la luz del sol.

Catedral Tlapujahua

Un pueblo de no más de 4,000 habitantes, cuyo atractivo comercial reside en la creación y venta de esferas navideñas. Hasta donde pude escuchar, uno de los principales puntos de exportación de esferas en México y América Latina. Y ya saben, es obligado comprar un par de cajas de estos frágiles objetos redonditos para el arbolito dentro de nas semanas más.

Esferas

Otro atractivo, sobre el cuál se basa la fundación del lugar, es una visita imperativa a la mina Dos Estrellas, a tan sólo 5 minutos de la entrada principal del lugar. Debo decir que es realmente triste darse cuenta de lo explotados que hemos sido los mexicanos por todo mundo, menos nosotros mismos; bueno, ese será otro tema.

Mina 2 Estrellas

Mina 2 Estrellas Riel

En general, no pensaba escribir mucho, mejor sólo les dejo unas fotillos para que aprecien la belleza del lugar y se animen de dar la vuelta por ahí en alguna ocasión.

Mural Mina 2 Estrellas

Artesano de Cantera

Nota: Es también motivo de enojo, el ver cómo los pocos museos y lugares de interés, tienen que mantenerse de los pocos donativos de quienes los visitamos, y ver que el gobierno no dona un carajo para aumentar la calidad cultural del país.

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Las bondades de la Fe

Y que, en forma de eructos y bostezos, los demonios que plagan su cuerpo salgan de él […] el espíritu de lujuria, el espíritu de codicia, el espíritu de venganza, el espíritu de robo, el espíritu de asesinato, […] y no vuelvan nunca, y si regresan, nuestra alma sea suficientemente fuerte para borrarlos de nuestra persona.

Fueron esas las palabras con que, el sacerdote, culminaba la parte principal de la Hora Santa, una ceremonia católica cristiana que se realiza el primer sábado de cada mes y que recibe también el nombre de Misa de Sanación.

Hace algunos días, gracias a las vacaciones de mi madre y a la insitencia por parte de la familia completa, tuve la obligación de acudir el evento mencionado. No les voy a mentir, soy creyente de Dios y, en general, trato de no cometer pecado y trato de brindar culto de la mejor manera posible. Sin embargo, debo admitir que escuchar a predicadores, que considero seres humanos que tratan de hacerse los muy fieles, es de las cosas que, a mi parecer, son más que molestas, realmente lo detesto.

Una de las cosas que me hizo acceder a asistir, además de las amenazas de quedarme sin cenar, fue la promesa de personas exorcisadas y violentas. Pues bien, un amante de los zombies y videojuegos como Silent Hill no podía quedarse sin ver algo así; les digo ahora mis lectores, no es nada agradable.

Y no lo digo por el hecho de ser asqueroso o algo así, pero, a veces, no es algo bonito ver cómo personas de lo más normales hasta el momento clímax, pronto comienzan a llorar y en lugar de algo tan sencillo, como lo que el sacerdote advierte, de repente gritan, se abrazan a sí mismos y de plano estallan en euforia y expulsión  de sustancias corporales.

Hora Santa

Es cuando ves este tipo de situaciones que te preguntas el alcance de los valores que en algún momento los padres te llegan a instruir. En algún lado escuche una frase que dice “Los fieles creen sin ver, los escépticos necesitan ver para creer”.

Pues yo les digo que creía sin ver, y sinceramente creo un poco más después de ver. Es bueno, por lo menos, darse cuenta de que no traigo demonios encima, al final.

El rompecabezas que nunca se armó

Algunos meses atrás, tal vez seis o siete, no recuerdo bien; caminaba por una de esas grandes plazas comerciales donde la gente de clase media alta para arriba se pasea sin cesar. Muchas tiendas, la mayoría inútiles o de precios demasiado altos como para comprar ahí y mejor optar por aquella vieja tienda en el centro de la ciudad.

Iba caminando con quien, en ese entonces y hasta hace poco, solía ser esa persona especial y por quien todo llegas a dar. Qué puedo decir, aún lo doy. Hay que aceptar que muchas veces no se puede seguir con una persona, a pesar de la gran cantidad de amor que se pueda acumular entre los dos, ni modo, eso será tema de algún otro post.

Prosiguiendo, pasamos por delante de una tienda dedicada, exclusivamente, a la venta de rompecabezas de todo tipo. Mi novia tuvo entonces una idea: ¿Por qué no comprar un rompecabezas de miles de piezas para armarlo juntos y pasar un poco más de tiempo de calidad? Por supuesto, acepté y, tras decidir entre una imagen de perritos tiernos y un Arca de Noé repleta de las más basta variedad de animales, pagamos la cantidad obligada y lo llevamos a casa.

A los pocos días comenzamos la labor y avanzabamos a buen ritmo. Después, hubo tareas, trabajos finales, tesis e infinidad de trabajos y eventos. Pronto dejamos de armarlo, seguíamos juntos pero ya no tuvimos otra ocasión para seguir armándolo. Tristemente, meses después la relación terminó. No me voy a quejar, fuimos felices los dos; antes de tal ruptura, un día, en que me mudé de lugar para vivir, el rompecabezas terminó en mi hogar, en mi ciudad natal, y ya no salió de ahí.

Rompecabezas

El día de hoy, y no lo digo por parecer clavado o atascado en el pasado, hubiésemos cumpido un año. Observo la pequeña caja que ahora acumula polvo y me doy cuenta de algo que muchas veces no logramos ver: si tienes la oportunidad de hacer algo, hazlo.

Muchas veces pensamos que tenemos el tiempo del mundo, que una relación durará una eternidad o que algo será para siempre; lamentablemente, no es así. Aprovechemos nuestro tiempo, amemos cada que haya la oportunidad, venzamos los miedos en esa ocasión y no dejemos un rompecabezas que, tal vez, nunca se armará.

A propósito, escogimos la imagen de ocho perritos labrador sentados en un sillón (en caso de que se lo preguntaran)