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Posts Tagged ‘Reflexiones’

Una cerveza de nombre derrota

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8) Propongo una marca de cerveza: Derrota. Sin duda sería una cerveza de gran éxito. Apta para toda ocasión, los profesionales la consumirían a pasto. ¿Quién no sería sincero ordenando una Derrota, de preferencia a voz en cuello, que se escuche por todo lo largo y ancho del lugar: “Una Derrota para mí, por favor”, o “Una Derrota para todos, ¿quiere?”. Sería una cerveza ideal para consumir al momento de ver el fútbol, o, en fin, cualquier acontecimiento deportivo. También se podrían refrigerar unas cuantas para beber durante las elecciones, o cuando se espera que por fin la mujer haga acto de presencia. Una Derrota combinaría asimismo con todo: con tequila, con whisky, con vodka, y habría que ver la cara del bebedor. Conforme el trago fuera haciendo lo suyo, con más alegría y sinceridad exigiría su Derrota. “Yo bebo eso porque soy de a de veras”, diría, ante el pasmo general.

9) También habría de existir la Hora de la Desdicha. Porque la Hora Feliz es menos que nada, un puente entre la mediocridad y la estulticia. Los briagos acuden felices a que les saturen de hielo un vaso, y que apenas les viertan unas cuantas gotas de ron con refresco a lo bestia. Y se sienten inmensamente complacidos.

– Eusebio Ruvalcaba

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La eterna batalla: razón contra corazón

No ha pasado ni una semana desde el último día en que la vi. Sopeso las opiniones (que por supuesto, tienen un peso muy pequeño en la ponderación) contra mis recuerdos; mis emociones contra los razonamientos; mis perspectivas en contra de los hubieras. Qué difícil es decirle adios a alguien que te hace sentir esos torbellinos emocionales que nadie más te brinda. Qué difícil es imaginar que puedes encontrar a alguien mejor a la vuelta de la esquina, cuando durante meses y meses no lograste encontrar la esencia de sus labios y el aroma de su cabello en nadie más, ni hablar de sustitutos, no los hay.

Sopesando, me encuentro, en el medio de una eterna batalla entre lo que mi razón (que no menosprecio después de todas esas victorias intelectuales que me ha dado) ha decidido y lo que mi corazón no cesa de añorar. Trato de ponerme en mis propios zapatos, trato de ponerme en los zapatos de Dulcinea, trato de ponerme en el papel de espectador, trato de pensar afuera de la caja y también trato de pensar como si no hubiera caja.

Y mientras pienso, en cada momento está el corazón, ahí puesto. Todas esas pasiones que se derraman, cuando escucho o leo su nombre, me abruman. Y entonces la pregunta que no deja de apuñalarme día tras hora: ¿por qué?

¿Por qué pasó lo qué pasó?

¿Por qué pareciera que nada de lo que hago es suficiente?

¿Por qué ella actúa como actúa?

¿Por qué no dejo de mirarla y pensar en futuros que poco a poco se vuelven más inalcanzables?

¿Por qué?

Y es que las respuestas se disfrazan como golpes al ego, como orgullos en choque, como sentimientos despreciados. Busco y busco, y no encuentro. Quiero alejarme y corro, pero no dejo de desear el quedarme. Pienso en los buenos momentos y los comparo con los malos, coloco en un lado de la balanza sus palabras y acciones, esas que hablaban de un verdadero amor y sentimiento, y en el otro aquellas malas actitudes, feas contestaciones y actos de ignorar mi existencia… y nada, la balanza no se mueve ni para un lado ni para el otro.

Y mi razón me dice, de la manera más dura, ‘pendejo, eres pendejo si te quedas, ¿qué más necesitas de prueba?’, y parece tener razón la razón. Pero cuando el individuo que soy, comienza a seguir a la razón en busca de nuevas causas, se coloca frente a nosotros el corazón, ese órgano que parece un puño ensangrentado pero que lo idealizamos como la representación de todo lo bueno; y dice el corazón ‘no renuncies, sabes que es ella lo que siempre buscaste, ¿acaso creíste que sería fácil?’. Entonces mi existencia se divide en dos: la parte que sabe que llegó el momento, que hasta para el hombre más enamorado hay un punto en el que ya no tiene por qué soportar más; y la parte que dice, no, todavía hay más, después de tantas cosas que han pasado es como cerrar el libro imaginando un final y que no es el sorpresivo que leerás.

Ser necio o incansable; ser inteligente o cobarde. Y son estas batallas las que no me dejan en paz y que me agotan cada día. Cuando contemplo su indiferencia y mi soledad, su indignación y mi tristeza, su forma de hacerme sentir culpable aun cuando tenga los motivos para molestarme.

Y pienso que no la quiero dejar sola nunca, pero pienso que es lo mejor para que ella se dé cuenta de las cosas. Y pienso que a lo mejor nunca se da cuenta o que se dará cuenta pero jamás lo aceptará. Y pienso en que puedo estar con cualquier otra mujer que yo quiera, pero pienso que no quiero a otra. Y salgo con tantas opciones que desee cosechar, y no puedo dejar de añorar la forma en que sólo ella me hace vibrar.

Tiempo al tiempo, lo que ha de ser será, si es para ti regresará, ya encontrarás algo mejor, no se merece tu amor, déjala respirar, tal vez en otra ocasión, deja que las cosas se acomoden solas, sigue luchando si te hace feliz… frases y refranes por todos lados, consejos, enojos, conflictos, y todo, absolutamente todo deja de tener significado.

Y yo, ¿qué hago? 

Been there, read that (CXIV)

El gato que venía del cielo

Aut. Takashi Hiraide

El gato que venía del cieloPoco o casi ninguno es el contacto que he tenido con la literatura oriental (a excepción de Miyamoto Musashi y su Libro de los Cinco Anillos), sin embargo, así como pasa con el cine o la comida, cuando nos acercamos a los que nos ofrece, encontramos ciertas sensaciones que no podemos evitar relacionar con aquellas lejanas tierras.

No sé usted, amable e inexistente lector, pero al hablar del lejano oriente, pienso en espiritualidad, paz, quietud, sanidad. Y es en eso en lo que se torna la lectura de El gato que venía del cielo: de las transiciones entre interiores y exteriores detallados y cargados de melancolía, de alargar nuestros dedos para que una pequeña libélula se pose en la punta de uno de ellos, de la calma que te provee ese enorme roble en el centro de un jardín bien cuidado con forma de zigzag.

Todo es así en una antigua casa que da hogar a varios inquilinos entre los que encontramos al autor, cuyo trabajo de editor lo mantiene con cierto hastío, una sensación que se ve aliviada cuando en su vida irrumpe un pequeño gato que ha sido adoptado por el hijo de la vecina. Este pequeño gato se vuelve más que una sola visión que tranquiliza, se transforma en parte de la vida de una pareja que lo transforma en ese escape de las presiones diarias.

Temas como la composición del hogar, el trato con los colegas, la búsqueda del lugar ideal para vivir, son los más recurrentes. La historia es agridulce pero cargada de enseñanzas. Corta y ligera, la novela del Señor Hiraide es obligada para los amantes de los gatos y de los animales en general.

Lo que saqué en claro

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Y lo que saqué en claro […] (es que) quiero que me ames tanto que por mí arriesgues todo como el señor de Chichén, como el señor del Popocatépetl, quiero que seamos toltecas para saber dialogar con nuestro corazón y teotihuacanos para saber convertirnos en Dios y mayas para saber adorar al Sol. Quiero que renovemos una y otra vez nuestro amor como Xipe Tote, que busquemos una y otra vez nuestro placer como Xochipilli.

Pero lo que también saqué en claro, y eso lo entendí mucho después, es que no se puede cambiar el destino ni siquiera con un espejo de obsidiana y que tampoco se puede provocar a los dioses con demasiada felicidad. Y eso era lo que estábamos haciendo.

– Sara Sefchovich

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Intentar

19 diciembre 2013 1 comentario

factotum

 If you’re going to try, go all the way. Otherwise don’t even start. This could mean losing girlfriends, wives, relatives, jobs, and maybe your mind. It could mean not eating for three or four days. It could mean freezing on a park bench. It could mean jail. It could mean derision. It could mean mockery, isolation. Isolation is the gift. All the others are a test of your endurance. Of how much you really want to do it. And you’ll do it, despite rejection in the worst odds. And it will be better than anything else you can imagine. If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods. And the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is.

– Henry Chinaski en Factótum.

Been there, read that (XCIII)

Tengo quince años y no quiero morir

Aut. Christine Arnothy

Tengo quince años y no quiero morir

El enfoque más común que se le da a las aproximaciones del sufrimiento que acarreó la Segunda Guerra Mundial, es el de los sobrevivientes que narran los horrores del conflicto y la nula humanidad que mostraban los bandos contendientes. Sin duda, el Diario de Anna Frank es una de las obras más representativas de esos enfoques y nos muestra ese lado muy alejado de lo genial que se ven las explosiones y los actos heroicos en las películas. Y estoy seguro que como Diario, hay grandes obras que no son tan reconocidas, o por lo menos no de este lado del charco. Tal es el caso de Tengo quince años y no quiero morir.

Esta narración perteneciente a una pequeña habitante de Budapest, nos cuenta las atrocidades que vivió en dos etapas: La primera, correspondiente a los días que pasó en compañía de varios vecinos en un enorme sótano, de la precariedad de su situación, del convivió entre personas de la más diversa índole, de la heroicidad de un soldado húngaro llamado Pista que nunca dejó de procurarles todo lo posible a los refugiados. La segunda parte, nos narra la desesperación que conlleva el vivir en un país ocupado y la necesidad de escapar a través de la frontera y cómo la infancia perdida se diluye cada vez más mientras la protagonista es forzada a abandonar todo aquello que le brindó la más mínima seguridad personal.

Desde el mal trato de algunos soldados nazis y los atropellos del ejército ruso, hasta la traición para con los animales atrapados en medio del conflicto, la obra de Christine es sumamente triste. Cada vez que pareciera que las cosas parecen tomar un cause pacífico, habrá un evento o serie de eventos que propiciarán un estado peor al anterior. A pesar de que sabemos que la pequeña sobrevivió, el final no es para nada feliz y, por el contrario, deja un sentimiento amargo y de desesperanza.

Esta obra es obligatoria para quienes gustan de este tipo de narraciones. Es triste, pero real. Es cruda y, en ciertos puntos, terrible; pero bellamente narrada.

Historia de la Humanidad

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Milo Manara – Storia dell’Umanità