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Archive for the ‘Expresiones’ Category

Fragmentos: Un epílogo más para la colección

4 octubre 2015 1 comentario

Sé que estuvo mal, otra de mis reacciones impulsivas, otro de mis alardes de estupidez traducido en una expresión de intensidad pendeja y sin sentido. Pero, ¿cómo suponías que debía reaccionar? Estar contento y feliz, fingir que puedo bailar con otras del mismo modo en el que tú puedes bailar con otros frente a mí. Sabes que no puedo hacerlo.

En un principio lo estábamos logrando, cada quién feliz por su cuenta; a pesar de estar en la misma mesa, podíamos disfrutar de una noche de fiesta en la que eramos libres; libres de coquetear, de sonreírle y bailar con quien nosotros quisiéramos. Eramos libres de darle esperanza a todos esos individuos que fantasean con nuestras personas, porque así somos, ambos (y lo sabemos) sacamos suspiros a diestra y siniestra: tú, la professional teaser, y yo, el que le dice sí a todas pero que sólo a ti te dice cuándo.

De repente, bailamos espalda con espalda. De repente, estamos frente a frente. De repente, estamos en la zona donde nadie estorba. De repente, me abrazas. De repente, te abrazo y beso tu mejilla, beso tu frente. De repente, a pesar de todo lo que decías que no harías, ahí estamos, bailando, juntos, sonriéndonos. Y el mundo, deja de figurar entre lo que nos importa en el momento.

Regresamos sólo para verme frustrado, porque en el momento en que te me acercaste y moviste mi switch de la posición de apagado a la de enamorado, entonces me empezó a importar que estuvieras cerca de cualquier otro. Entonces te miro con alguien más y la impotencia se vuelve eterna, imposible de afrontar. Antes de romper el vaso en mi propia mano, lo precipito contra el suelo. No quiero estar ahí, no quiero verte con alguien más. ¿Por qué no te has ido?

Si lo mío es estupidez, ¿cómo he de llamarle a lo tuyo? Pudiste seguir con quien quisieras, ¿por qué debías abrazarme y presionar esos botones en una combinación que sólo tú conoces?

Te acercas, me dices que nunca más volverás a estar cerca de mí. Lo acepto, es lo mejor para ambos. Me atrevo a pedirte que desaparezcas de mi vida, tal vez sea eso lo mejor que podría pasarnos. Por lo menos podríamos seguir así, fingiendo que la vida fue siempre buena hasta el momento en que nos aparecimos uno frente al otro.

No me arrepiento, no vale la pena sentir una culpa que no cambiará el pasado, ni vale la pena preocuparse por un futuro incierto, sólo existe el presente. Y el presente es este: te sigo amando, sigo soñando contigo, sigo creyendo que mientras haya amor ocurrirá un milagro. ¿Dónde están los milagros? ¿Dónde está esa magia en la que creíamos? ¿Dónde quedaron esos momentos en los que nos mirábamos y sabíamos que teníamos toda una vida por delante para seguir mirándonos?

Sueño con tu mirada, me ahogo en la esperanza de que, como en un partido de americano, en el último minuto habrá una serie ofensiva que nos llevará a ganarlo todo. ¿Podremos recuperar el balón a tiempo? ¿nos quedan los tiempos fuera necesarios?

Luna de mi vida, quiero renunciar a ti, pero no puedo hacerlo. ¿Puedo pero no quiero? Ya no puedo saberlo. Sólo sé que estoy aquí, madrugando, sin haber dormido, sosteniéndome de los recuerdos y los supuestos. Creyendo que esta misma noche, duermes y me sueñas, o que despiertas y te preguntas si vale la pena seguir guardado resentimientos de mis acciones. ¿Pasará por lo menos por tu mente ese pensamiento en el que me justificas un poco así como yo justifico cualquiera de tus malas (o por lo menos lo que yo considero malas) acciones?

Te sueño y te sueño…

Fragmentos: ¿Por qué no me amas, Dulcinea?

[…] Pienso en mi similitud cada vez más fuerte con el Quijote. Ese viejo tonto que vivía en un mundo de fantasía, llevando a cabo afrentas en el nombre de una mujer que jamás lo consideró en su corazón, por lo menos no tanto como él a ella, Dulcinea. Pienso en cómo llegó el día en que ella le buscó pero él ya había recobrado la cordura y al ver a su amada en este nuevo estado de lucidez, la desconoció. Poco después la vida del ingenioso hidalgo llegó a su fin.

Me embarga una amargura intensa, pensar en el día en que mi locura por ti llegue a un término. Que cuando ese plazo se cumpla, nos habremos perdido para siempre, justo cuando tú te des cuenta de todo eso que no me he cansado de hacer en nombre de nuestro amor intermitente. Más amargo es el pensamiento en el que posiblemente nunca te des cuenta y que cuando una lágrima descienda sobre mi rostro al recordarte, tú ya tengas muchos años de haber olvidado hasta mi rostro.

¿Por qué no me amas, Dulcinea?

Fragmentos: Mi segundo primer día sin ti

[…]ahora sí sé que el tiempo se terminó, que no hay otro semestre, otra oportunidad. De acuerdo a los esbozos de planes realizados, el próximo semestre sólo tendrás que llevar una materia, tu tesis y nada más. Con un poco de suerte y de tu propia habilidad, te encontrarás haciendo el servicio social en una gran empresa; probablemente conozcas a más personas, alguno que tenga lo que a mí me hizo falta y que te hará reír.

Sigo sin entenderlo, probablemente siga el resto de mi vida sin entenderlo. ¿Cuándo terminaré de escribirte estas cartas? Tal vez el día en que sepa que te vi por última vez. Cuando vuelva a gritarte, sin que te des cuenta, que no te vayas de mi vida, mi amor.

Fragmentos: Un beso en la mejilla

12 agosto 2014 1 comentario

[…] te levantas y de forma inesperada te diriges hacia mí para despedirte: un sencillo y común beso en la mejilla; por lo menos, estoy seguro de que para ti es algo que ya no tiene importancia. Por el contrario, para mí, ese beso es algo más grande. Y es cierto, como en las películas, el tiempo se detiene y aspiro tu aroma, siento la piel delicada de tu rostro y cierro los ojos durante ese justo e insignificante instante. No te vayas, quédate un poco más así, a milímetros de mi rostro. Quédate, quédate, quédate.

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Prosa de un sábado por la noche sin chelas ni UFC

Ni cine, ni chelas, ni UFC, ni nada. Vaya al carajo el mundo y los motivos por los que prefiero dormir todo el tiempo.

Y estúpidas mujeres que lo tienen todo, todo lo que te hace vibrar. Y estúpido uno que no sabe qué hacer para tener su atención. Que busca lo que le hace falta y nada más no encuentra nada.

Y estúpidos son sus ojos y el aroma de su cabello y su letra y sus manos y su forma de caminar y sus besos y su porte y sus pensamientos y su forma de mirarte y su risa y su sentido del humor y todos sus etcéteras y todo lo que no viene a la mente de inmediato… todo estúpido, y hermoso.

Y mejor seguir durmiendo, porque sólo en sueños vale la pena ser el caballero. Porque en los sueños, la nobleza y el honor no son cualidades que se desprecien. Porque en sueños se puede usar armadura y espada para matar a los dragones con los que ella carga en su espalda.

Y porque en sueños todavía puedo besarla y apretar su cuerpo contra el mío mientras Pink Floyd, Kiss, Rolling Stones y Stone Sour, tocan nuestras canciones, una tras de otra, sin cesar. Y el mundo que nos rodea, deja de importar.

Pero los sueños no son más que eso, sueños. La realidad es otra y no queda más que aceptarla y enfrentarla como tal. ¡Maldita suerte sea la mía! un domingo por la madrugada, sin chelas, sin cine, sin amigos y sin UFC.

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Querer bonito

Le conté cómo pasé la mayor parte de mi infancia mirando una y otra vez las mismas películas de Pedro Infante a la hora de la comida. Mi abuela, con quien solía comer antes de que mis padres pasaran por mí después del trabajo, tenía una videocasetera “Beta” y mi tía le grabó un par de películas. Cada día de la semana veía una cinta diferente hasta que se acababan y se volvía a repetir la serie una y otra vez. A toda máquina, Qué te ha dado esa mujer y El inocente, acompañaron a mis alimentos una vez cada dos semanas durante lo que fueron seis años de primaria; en secundaria comencé a regresar solo a mi casa.

—Y es por eso que sabes querer bonito —dijo ella mientras se acomodaba en la cama y se envolvía en la colcha, el frío era intenso y aún dentro del departamento se podía sentir la gélida mordida del invierno que se acercaba.

—Así es, —le respondí— y es así como te quiero querer, bonito.

—Pero yo no me merezco algo así —bajó la mirada y giró un poco sobre su espalda para no mirarme al rostro. Yo me encontraba a un par de metros de distancia de ella, en el escritorio, localizando en la computadora la música que la pusiera de humor y me permitiera después deslizarme junto a ella, entre las sábanas, y así poder besarla, apretarla contra de mí y aspirar el aroma a madera que inundaba su castaña cabellera. Amaba su cabello y el olor que desprendía.

—¿Y por qué no habrías de merecerlo? —le contesté. Me irritaba que ella creyera, o se hiciera creer a sí misma, que todo aquello que yo estaba dispuesto a hacer por ella y por nuestro titubeante amor, no era algo que ella mereciera o que debiera aceptar pues no sabría cómo corresponderlo.

—No lo sé, sólo no me quieras así, no estoy lista y todavía tengo cosas en la cabeza que no me permiten estar contigo al cien —guardó silencio un instante—, ya ven, estoy esperando a que me abraces desde que entré por esa puerta.

Bajé la pantalla de la computadora, apagué las luces. Me metí dentro de las cobijas, mi brazo rodeó su cintura y la atraje hacia mí.

—No importa cuánto tenga que esperar, aquí estaré —La besé—.

Fragmentos de ocio en una tira de papel arrugado

En orden aleatorio, sin propósito alguno.