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Been there, read that (XXIII)

El Príncipe

Aut. Nicolás Maquiavelo

Aut. Nicolás MaquiaveloNuevamente una obra que no requiere de una revisión/reseña en sí. El nombre que corona a esta obra ya es reconocido como un clásico entre clásicos, repudiado en público y secretamente adorado por quienes buscan comprender las más antiguas bases y fundamentos del manejo del poder y el liderazgo.

El Príncipe es una obra escrita en modo de ensayo que nos habla de las medidas y características que debe cumplir un gobernante para mantenerse a flote en el mar de la política y la guerra. Es mi deber recomendarlo pues, en su rápida e interesante lectura, nos daremos cuenta de que, a pesar de haber sido escrito hace casi 500 años, su relevancia no ha cesado en lo más mínimo.

Maquiavelo es un maestro en la observancia de aquellos pequeños detalles que hicieron la diferencia en los gobiernos de antiguos reyes. Nos muestra los puntos que se cumplieron e incumplieron en los momentos decisivos, aquellas líneas que se cruzaron para después desencadenar la tragedia o la victoria de una personalidad.

El fin que justifica los medios es sólo una de las múltiples teorías que se observan en la obra; lo cierto, es que muy claramente se nos señalan las virtudes y defectos de ser amado, ser cruel o permanecer neutral. Apoyar al pueblo, al ejército o a la nobleza; cumplir las promesas o sólo hacerlo cuando nos conviene realizarlas; utilizar tropas propias, mercenarias o aliadas; desarmar al pueblo conquistado, utilizar colonias o acogerlos entre nuestros brazos.

Datos útiles para evitar la adulación, la pereza del espíritu y evitar la famosa dormidera en los laureles de nuestra pertenencia. El Príncipe, es un libro que destacará por el alto nivel de aprendizaje que nos brinde y porque, una vez leído, irremediablemente volveremos a él una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

What is a Man?

17 febrero 2011 2 comentarios

Leí el estado de facebook de un buen amigo que hablaba sobre las deidades y la forma en que podán ser sustituidas por un culto que, simplemente, tuviese un mayor número de adeptos. Por algún motivo, a mi mente acudió el recuerdo de uno de mis títulos favoritos de Playstation de antaño, Castlevania: Symphony of the Night.

En la escena introductoria, se lleva a cabo un diálogo entre el portador del legado caza vampiros, Richter Belmont, y el Conde de Condes, Drácula. Curioso es el hecho del trasfondo que deja ver dicha conversación pues, cuando tu edad no es tan desarrollada, no observas a detalle lo que un simple par de palabras puede encerrar. Transcribo aquella conversación memorable y que muchos videojugadores de hueso colorado recordarán de uno de los más grandes títulos que, para nuestro beneplácito, han sido desarrollados jamás.

—– o —–

Richter Belmont: Die, monster! You don’t belong in this world!

Dracula: It is not by my hand that I am once again given flesh. I was brought here by humans who wish to pay me tribute.

Richter Belmont: Tribute? You steal mens’ souls and make them your slaves!

Dracula: Perhaps the same could be said of all religions…

Richter Belmont: Your words are as empty as your soul. Mankind ill needs a savior such as you.

Dracula: What is a man?

Dracula: A miserable little pile of secrets. But enough talk, HAVE AT YOU!

—– o —–

Y me pregunto, ¿Qué somos los hombres?

¿De nadie queda nada?

Independiente a las razones que me han llevado a recibir el famoso comentario “Pues ya ni modo Ángel, de ti, no quedó” y que, a veces, me han llevado utilizarlo propiamente como “Ni modo, de mí, no quedó”, he reflexionado sobre el significado de tal frase y, si de algo puedo estar seguro, es en su existencia  como una de las múltiples frases que se usan todo el tiempo sin darnos cuenta del significado tan derrotista que encierra.

Todos cometemos errores, de lo contrario no seríamos humanos. El peor tipo de error es aquel que no solo nos afecta, también afecta a los demás. En detrimento va el hecho que se da cuando lastimamos a un ser querido. Entonces las disculpas llegan pero no hay respuesta, intentamos un poco más y los oídos sordos no nos brindan una réplica. Pronto nos autoconvencemos de no tener la culpa, tal vez no estamos equivocados y, en realidad, la culpa la tiene esa persona que por algún motivo nos ha retirado la palabra y que ha cortado todo rastro de comunicación; por lo menos de eso nos sugestionamos.

Debatimos largo rato, las demás amistades apoyan pero también se cansan. Al final, “no quedo de mí”.

Y es una frase tan derrotista porque conlleva la aceptación de no desear hacer nada más ¿pasamos la vida aceptando que nada se puede hacer? Yo le llamo autocompasión (horrible si me preguntan) nos engañamos diciendo “hice todo lo que podía y si la otra persona no quiere, es su problema”, pero no es así. Yo en verdad creo que si hiciésemos todo lo que pudieramos, la oración no existiría.

A veces el problema no es la negativa de la persona con quien quisiéramos arreglar las cosas, el problema somos nosotros mismos cuando damos señales equivocadas y cuando, por encima de otros motivos, no tenemos el don de la paciencia. Darle tiempo al tiempo, por el contrario, es la mejor opción en determinadas ocasiones.

Ojo, no hay que confundir el dar tiempo de reflexión, que dar tiempo esperando que se convierta en años o, en el peor de los casos, un nunca.

Lamentablemente, para jugar estos juegos se requiere de dos personas y, al igual que en el amor, el esfuerzo de uno requiere de la aceptación y mínima participación del otro. Creo firmemente que si una persona es lo suficientemente especial para uno, entonces no debería haber un problema; por supuesto, hay de errores a errores y, al final, el meollo del asunto se encuentra en una aceptación incondicional de la persona con defectos y virtudes por igual.

No tiene nada de malo intentar, lo malo es no hacerlo. Y si el perdón está en nuestras manos, lo mínimo que podemos hacer es otorgarlo.

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El mal necesario

Hay tanta diferencia de la manera en que se vive a la manera en que se debiera vivir, que quien diera por real y verdadero lo que debería serlo, pero por desgracia no lo es, corre a una ruina inevitable, en vez de aprender a preservarse, porque el hombre que se empeña en ser completamente bueno entre tantos que no lo son, tarde o temprano perece. Por lo cual es necesario que todo príncipe que desee mantenerse en su reino aprenda a no ser bueno en ciertos casos, y a servirse o no de esta facultad según las circunstancias lo exijan.

– Nicolás Maquiavelo en El Príncipe